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“El otro México” de Fernando Jordán

En esta pandemia he recuperado un antiguo amor por la lectura, de modo que casi todos mis ratos de ocio los pasé leyendo, algo que no había podido hacer desde muchos años atrás. Así, durante esta larga cuarentena, me dediqué a leer vorazmente: de Yuval N. Harari a Jack Ketchum, y de Manuel Vázquez Montalbán a Karl G. Jung. Mientras escribía esta entrada, he comenzado a releer La montaña mágica, que tenía olvidada en algún lugar de mi mente desde la adolescencia.

De esa larga lista, uno de los libros que más he disfrutado, quizá el que más, ha sido el que da título a esta entrada. Había oído de El otro México hace muchos años, mientras preparaba un artículo sobre ética periodística, en el cual daba una interpretación de la misma basada en la obra de Richard Rorty. Según este filósofo, y resumiendo muchísimo, la manera de conseguir que el mundo sea un lugar mejor es hacer que la gente amplíe el círculo de sus lealtades morales, es decir, que se preocupe cada vez más por personas que no son sus seres queridos. Esta es una idea conocida de antiguo, pero creo que la novedad más interesante de Rorty tiene que ver con los mecanismos capaces de expandir el círculo, pues, en lugar de apostar por la filosofía o las leyes, este autor apuesta por una educación sentimental llevada a cabo por la literatura, en un concepto ampliado de la misma que abarca, además de la literatura propiamente dicha, muchas otras cosas, como el cine o por supuesto el periodismo. De este modo, cualquier reportaje (documental, novela, etc.) que mueva nuestros sentimientos puede hacer que nos impliquemos moralmente. Y, así, puede encaminarnos hacia lo que Rorty llama progreso moral.

Sólo por poner un par de ejemplos, porque literalmente hay cientos, vean este artículo sobre refugiados sirios en Europa, o este documental sobre la industria de la carne de cerdo. Creo que ambos son capaces de cambiar el modo de pensar de mucha gente acerca del vegetarianismo o la ética de la migración, a través de la influencia ejercida sobre los sentimientos.

Esto nos trae de regreso al exitoso libro del antropólogo y periodista Fernando Jordán (1920-1956), una obra que puso ante todo el público de México frente a la realidad y los problemas de una zona que en 1951, cuando se publicó, era prácticamente desconocida para todo el país. La mejor forma de describirlo es atender al subtítulo, “Biografía de Baja California”, porque eso es precisamente lo que es. El libro elabora una completa biografía de la Península, comenzando por sus orígenes legendarios y su discurrir histórico. Así, se refiere a las gestas de Vizcaíno y al papel de los misioneros en la conquista espiritual del territorio; también a los intentos por convertir a Baja California en territorio norteamericano.

Pero la historia es tan sólo un tema introductorio. El grueso del libro se dedica a exponer un recorrido a lo largo de la Península, en un tiempo anterior a la construcción de la carretera, cuando la única forma de viajar por gran parte de Baja California era cruzar el desierto por una brecha sin asfaltar.

Aunque la variedad de temas y la calidad de la narración dan ganas de hacerlo, no voy a dar una descripción detallada del contenido del libro, únicamente señalar algunos de los interesantes temas tratados, como el modo en que las ciudades del norte peninsular invirtieron muy adecuadamente en su futuro los ingresos generados por diversas actividades ilícitas, las incursiones por mar en busca de ballenas o la descripción tan triste que proporciona de los elefantes marinos. También la división entre dirigentes y trabajadores mineros en Santa Rosalía, la prisión de puertas abiertas de Mulegé, o la tierna historia de las truchas de Mr. Utt. Por no hablar de Comondú, el pueblo con olor a vino y aceite que para Jordán se convierte en el último paraíso de la Tierra.

Cuando se escribió, el libro quería ser actual y basado en percepciones vivas, alejándose del tono de una monografía histórica y más cercano a un reportaje, pero con los casi 70 años que han pasado desde su publicación, la obra adquiere un significativo peso histórico. Asi, en la misma se pueden ver los orígenes de muchos factores que hoy protagonizan la actividad de Baja California, como el turismo, las maquilas, la pesca (profesional y también deportiva) o por supuesto la migración.

Con todo, la parte del libro que más disfruté fue el recorrido en automóvil. Y creo que lo disfruté aún más por el hecho de estar en medio de la pandemia. Me imaginé al volante de un todoterreno, como el propio Jordán, recorriendo aquellos espacios infinitos de la Tierra de Nadie. Viendo los mismos pueblos, las mismas bahías, y hablando con los mismos fayuqueros.

Esa fue, como digo, la parte del libro que más disfruté, la que Jordán se pasa al volante. Fue la que me hizo dosificar la lectura, haciendo que cada tarde me pusiera a leer con la devoción de un gamer ante su videojuego favorito. A veces, en este mismo espíritu, completaba el viaje con vistas de Google Maps. Desde luego, sería mucho mejor el irme a recorrer la carretera. Las circunstancias no son las más adecuadas, ni mucho menos, pero es bueno pensar que algún día, cuando regrese la normalidad, muchos de los paisajes descritos por Jordán estarán ahí para ser descubiertos nuevamente.

Mientras llega ese día en que el sueño se haga realidad, si es que llega, releer ciertos pasajes de El otro Mexico tendrá que servir de consuelo.

El libro está disponible en la web del Archivo Histórico de Baja California Sur. Puedes descargarlo en este ENLACE.

Fosfina en Venus y turismo espacial

La noticia impactó a todo mundo. Y es que los datos son los que son, y vienen además muy contrastados, por más que, desde luego, requieran de mucho, muchísimo trabajo ulterior. Como ya tod@s sabemos, un equipo internacional ha detectado fosfina en la atmósfera de Venus. En este enlace pueden ver el artículo, no se pierdan la Información Suplementaria, donde se discute en detalle la hipótesis de la vida en Venus, así como las demás posibilidades de producción de fosfina.

Según dicen los científicos, la maloliente fosfina es una molécula que, en las condiciones actuales del conocimiento, se asocia de modo directo con la actividad biológica. De modo que las cartas de la vida extraterrestre se han vuelto a poner sobre la mesa. Y no en Marte, planeta que concentraba gran parte de las apuestas, sino en ese gemelo malvado de la Tierra que es Venus (donde también, por cierto, se llevaba décadas contemplando esa posibilidad, si bien restringida a la atmósfera, no a las temperaturas infernales de la superficie del planeta). Probablemente, en las oficinas de varias agencias espaciales ya se estén discutiendo los detalles para nuevas misiones a Venus, o retomando misiones que estaban abandonadas en algún cajón.

Desde luego hay que ser extremadamente cautelosos. La posibilidad de que exista vida extraterrestre (o vyda, según la caracterización renovadora de Bartlett y Wong, disponible aquí) es algo terriblemente emocionante, pero es mejor esperar y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Pase lo que pase, seguro que se van a descubrir muchas cosas acerca de Venus, acerca de la química planetaria, etc., etc.

Seguro también que hay conspiranoicos diciendo que todo esto tiene que ver con el coronavirus. “¿Descubren algo así en plena pandemia? Tiene que ser una maniobra”. Yo creo, simplemente, que la noticia llega en un buen momento. Es decir, no me parece que sea un buen momento en general (de hecho, es justo al revés), pero sí un excelente momento para las buenas noticias, que adquieren más carisma en una situación como la presente, con toda la gente encerrada, mirándose al ombligo y pensando cosas horribles.

¿Cuáles son las implicaciones de este prometedor hallazgo para el turismo espacial? La primera es que el espacio ha vuelto a estar en la primera página de los periódicos, en los informativos, ha incendiado las redes sociales… Y eso siempre es bueno. En este caso, parece un excelente espaldarazo para la exploración espacial. Este tipo de noticias hacen que la sociedad vuelva a interesarse por el espacio, lo cual es siempre beneficioso para el turismo espacial.

Otra implicación se refiere a las vocaciones científicas que aparecerán ante una noticia como la presente, no digamos ya si en algún momento se llegase a confirmar la existencia de vida en Venus. Puedo imaginarme a muchos y muchas alumnas de preparatoria decidiendo en estos mismos días que van a estudiar Física o Bioquímica, sólo a causa de esta noticia. Y a cientos de niñxs que, debido a la misma, descubrirán por primera vez  el poder y la belleza de la ciencia. Este asunto de las vocaciones científicas creo que es de vital importancia, por supuesto para el turismo espacial, pero también para el futuro de la especie. A pesar de los problemas que sin duda existen, pocas empresas humanas son tan nobles como la ciencia.

Una tercera tiene que ver con los posibles flujos de inversión hacia la exploración espacial, los cuales pueden ser canalizados hacia empresas privadas, teniendo en cuenta el modo en que algunas de éstas (por ejemplo Space X) se han involucrado con las agencias gubernamentales. Si un mayor interés por el espacio hace que se produzcan más misiones, el papel de las empresas privadas podría fortalecerse. En cualquier caso, también se hará patente la necesidad de seguir abaratando los lanzamientos.

Por todo ello, el descubrimiento de fosfina en Venus, más allá de su alcance científico, debe ser visto como una excelente noticia para el turismo espacial.

Disciplina espacial

Dejaré para otro momento el comentario sobre las últimas hazañas de SpaceX, porque ya se ha hablado mucho sobre ello. En su lugar, quiero hacer un comentario acorde con estos tiempos del COVID.

La pandemia es un desastre, se mire como se mire. Todo lo escasamente bueno que se pueda decir de la misma no compensa ni una millonésima parte del desastre que es, comenzando, como es lógico, por las enormes cifras de muertos y afectados. Un desastre. Pero tampoco se trata de que nos enfoquemos únicamente en esto. Hay que buscar el lado bueno”, para no desesperarnos.

Así, el otro día, entre otros muchos pensamientos ociosos, me pregunté si la pandemia puede considerarse un buen momento para comprobar que somos capaces de mantener el nivel de disciplina y autocontrol necesario, por ejemplo, a la hora de llevar a cabo un viaje espacial (pensando más bien en esos viajes de ciencia ficción a otros planetas). La pandemia representa un reto sobradamente difícil y exigente, de modo que la pregunta, salvando las múltiples diferencias, tiene cierto sentido. Mucho más en una tarde de confinamiento.

Lo primero que debo decir es que he seguido todas las recomendaciones de la OMS y demás organizaciones serias. Cuando había lagunas o contradicciones, usé principios precautorios, siempre en la dirección de una mayor seguridad. Además, cumplí a rajatabla todos los protocolos que me he impuesto, basados en dichas recomendaciones. Esto vale para todo: limpieza de zapatos, sanitización de suelos, lavado de ropa, estornudos de etiqueta, uso de cubrebocas y pantalla, etc., etc. Todo lo que quieras.

Sin embargo, he tenido un par de fallos leves, muy al inicio de este quilombo. Cosas como tocarme la cara después de haber tocado algún objeto ubicado en un lugar público… Y tuve un fallo grave. Tonto y grave.

Estaba haciendo deporte, corriendo dentro de la casa. Mi esposa salió a comprar y una hoja de papel se escapó de la casa, llevada por la corriente. Me lancé a por la hoja sin pensar, la pisé y en ese momento la puerta se cerró estrepitosamente detrás de mí. Fue todo muy rápido: si fuese un portero de fútbol me habría pasado de reflejos. Y ahí estaba, sin llaves, sin celular, sin alcohol, sin mascarilla. Por suerte, estaba vestido.

Después, un vecino me prestó su celular para llamar al cerrajero, a quien tuve que esperar unos quince minutos en el vestíbulo del edificio. Se trata de situaciones que, en otras circunstancias, habrían sido perfectamente normales, pero que en estos días de pandemia se leen de otra manera. Así, una potencial fuente de contagio, sin cubrebocas, me prestó un objeto tal vez tapizado de virus, objeto que sin duda acerqué demasiado a mi boca y mis ojos para hablar, sin mascarilla, ni pantalla, ni gafas, ni nada, ni siquiera alcohol para desinfectarme las manos. Luego bajé al vestíbulo, pasé prácticamente pegado a dos personas sin protección en un estrechamiento del pasillo, y estuve un cuarto de hora al lado de otras cuatro personas sin protección alguna, que estuvieron además hablando en voz muy alta, riéndose y en ocasiones carraspeando o tosiendo.

En esos momentos, me costaba creer que no me fuera a contagiar. Luego pensé “estadísticamente”, recordé las cifras de contagios en mi localidad y se me pasó un poco el yuyu. Pero estuve muy atento los catorce días que siguieron a este fallo, comportándome como si me hubiera contagiado, es decir, con medidas de seguridad bastante más fuertes que las normales. Desde luego, un error de esta magnitud me habría costado la vida en el espacio. Afortunadamente, en la pandemia pasó sin problemas..

Pero la lección está clara: son malos momentos para casi todo, pero buenos para seguir ejercitando la disciplina. No es que ésta sea El Valor Supremo, o algo por el estilo, pero a veces es bueno entrenarla, como si fuera un músculo. Y el COVID nos da una buena oportunidad para ello.

José María Filgueiras Nodar

Universidad del Mar

TodXs con SpaceX

Aquí les dejo un enlace para ver en directo el lanzamiento de la Crew Dragon de SpaceX. Hoy puede ser un día muy importante para el futuro de la exploración espacial,  si el clima lo permite, esperemos que la segunda sea la buena!!!!!

El titán (o quiénes son los ¿humanos? que dominarán otros mundos)

Hace unos días, en pleno confinamiento a causa del coronavirus, estuve viendo la película El titán (2018, dirigida por Lennart Ruff). Sin spoilers, les cuento que esta obra está ambientada en el año 2048, cuando el planeta se ha ido al carajo entre la sobrepoblación, las guerras y el deterioro ambiental. Las previsiones son desoladoras: “nuestros hijos conocerán el fin de los tiempos”, dice uno de los personajes. Ante esta perspectiva, los científicos están buscando otro lugar para que la especie humana comience de cero y se han fijado en Titán. Esta luna de Saturno, el segundo satélite del sistema solar, una luna que es, de hecho, más grande que el planeta Mercurio, posee un ambiente muy hostil para el ser humano, con temperaturas extremadamente frías, lagos de metano líquido y una atmósfera compuesta mayoritariamente de nitrógeno. En la película se dice que es una atmósfera muy semejante a la que tenía la Tierra en los momentos inmediatamente anteriores al origen de la vida, vaya usted a saber…

En lugar de terraformar el planeta, como se ha propuesto con Marte, aquí los científicos de la OTAN siguen un enfoque diferente: modificar genéticamente a los humanos para que se adapten a vivir en ese ambiente tan distinto al de la Tierra. Y la película narra el modo en que un militar, acompañado de su familia, vive este proceso de entrenamiento y modificación (o “evolución forzada”, como lo caracterizan) junto con un grupo de voluntarios, en una base militar en el Atlántico.

No seguiré contando más; en lugar de ello quiero poner en relación lo visto en este filme con unas reflexiones de Yuval Noah Harari, en su libro Sapiens: “La mayoría de los argumentos de ciencia ficción describen un mundo en el que sapiens idénticos a nosotros gozan de una tecnología superior […] Pero el potencial real de las tecnologías futuras es cambiar al propio Homo sapiens […] De hecho, los futuros amos del mundo serán probablemente más diferentes de nosotros de lo que nosotros somos de los neandertales”. Si bien debemos referirlas a los futuros amos de Titán, porque en la película nuestro planeta ya no sirve para nada, estas consideraciones vienen que ni pintadas.

La primera vez que las leí, confieso que la cosa no me gustó demasiado. Queremos humanos-humanos en el espacio, y no cosas raras. Después, pensé que como especie ya hemos experimentado muchas modificaciones genéticas, de modo que no era para tanto. Sin duda, la diferencia va a ser patente, pero probablemente siga dentro de este devenir…

Ahora, al ver la película que estoy comentando, recordé esa dicotomía planteada por Bruce Sterling (yo la leí en Crystal Express), las facciones de formadores y mecanicistas, una humanidad dividida en el futuro entre quienes han apostado por explotar todo el potencial de la genética y quienes optan por apoyarse en las máquinas para mejorarse como especie. Así, mientras los formadores diseñan seres humanos con cocientes de inteligencia superiores a 200 y cuerpos literalmente perfectos (sin defecto alguno y con todos los órganos y sistemas potenciados), los mecanicistas se vuelven cada vez más parecidos a las máquinas, a través de todo tipo de implantes. Evidentemente, el enfoque de la película es formador.

Este aspecto, unido a la lectura ecológica que sin duda está presente en El titán, también la pone en relación con otra película reciente, como es Downsizing (2017, dirigida por Alexander Payne), en la cual muchos humanos deciden reducir en gran proporción su tamaño, impulsados por la perspectiva de vivir una vida de extremo lujo en centros de ocio creados para estos nuevos y diminutos millonarios, quienes debido a esa reducción pueden permitirse un tren de vida muchísimo más elevado. Como es fácil de entender, con una altura aproximada de 13 cm pueden vivir en casas (cajas de muñecas) extremadamente lujosas, una mota de diamante puede convertirse en una joya espectacular, y así sucesivamente, con cualquier otro producto.

Resulta curioso que, en la vida real, lejos de lo hollywoodense, también existan propuestas semejantes. Matthew Liao, un profesor de bioética, propone diversas alternativas de lo que denomina “ingeniería humana”, entre ellas el desarrollar a través de diversos métodos (selección de embriones, tratamientos hormonales para provocar que el cartílago del crecimiento se cierre antes de lo normal) seres humanos de menor tamaño, dado que de éste depende parcialmente la huella ecológica que se genera. La reducción que propone Liao  es mucho más realista, pero no deja de ser efectiva: 15 cm menos de altura representan para los hombres una disminución del matabolismo de un 15%, con la consiguiente disminución en el consumo de energía y recursos.

Por cierto, aunque en Downsizing la razón fundamental para reducirse sea el egoísmo de toda la vida (el beneficio al planeta parece surgir por un mecanismo algo similar a la mano invisible) y según Liao parece tratarse de una razón de tipo ético, para personas convencidas de que hay que frenar el cambio climático, en ambos casos la decisión es voluntaria.

No sé si la miniaturización vaya a ser el camino para resolver los problemas ambientales y, volviendo a El titán, tampoco conozco el grado en que se pueda y se vaya a utilizar en la exploración espacial la modificación genética, la cual en principio podría ubicarse éticamente dentro de un amplio espectro, extendido desde las peores barbaridades eugenésicas hasta una mera prolongación del entrenamiento de los astronautas. El titán explora alguno de los problemas que surgen al adoptar esta estrategia y, hasta cierto punto, me parece que deja planteada la existencia del mencionado espectro. Desde luego, es una obra que puede estimular su mente en este periodo de cuarentena.

Acerca del coronavirus, la experiencia del confinamiento, o el impacto de la pandemia sobre el turismo, tal vez escriba en otro momento.

Coronavirus y agencias espaciales

 

Teniendo en cuenta la influencia de la pandemia que estamos viviendo sobre todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, lo inédito de la situación, con cadáveres desbordando las morgues, países cerrados bajo siete llaves, y todxs en cuarentena dentro de nuestras casas, a escala global, estoy seguro de que hay mucho por decir acerca del coronavirus y todo lo que implica. Y también de que habrá tiempo para ello. De momento, sólo quisiera hablar del modo en que esta pandemia ha afectado a las agencias espaciales y, en general, al mundo del espacio.

La NASA, con varios trabajadores infectados, ha mandado a gran parte de su plantilla a casa, apostando por el teletrabajo, cuando ello es posible, y conservando únicamente el personal presencial requerido para las actividades críticas. Esto le ha obligado a reevaluar toda su actuación, retrasando o incluso suspendiendo varias misiones. El ensamblaje del telescopio James Webb, sucesor del Hubble, se ha suspendido, lo mismo que la producción y pruebas del cohete y la cápsula de la misión Artemis (con la que se desea regresar a la Luna en 2024), que se llevaba a cabo en una zona de Nueva Orleans muy sacudida por la pandemia. En cambio, la misión Mars 2020 sí continúa adelante, con el Perseverance Rover y el Mars Helicopter, así como el proceso para reemplazar la tripulación de la Estación Espacial Internacional, ahora con medidas de seguridad muy reforzadas, como por ejemplo la doble cuarentena. Del posible impacto sobre el turismo espacial, mejor hablamos en otro momento, porque yo creo que esto puede significar otro gran retraso en los vuelos.

También debe decirse que todo el mundo del espacio se ha lanzado decididamente a la lucha frente al coronavirus. La agencia espacial india pausó sus lanzamientos y derivó recursos al desarrollo de ventiladores y otros implementos necesarios para luchar contra la pandemia. Virgin Orbit, empresa del grupo Virgin dedicada al lanzamiento de pequeños satélites, ha desarrollado un ventilador “puente”, destinado a usarse con pacientes recuperados parcialmente, es decir, aquellos que ya no están en cuidados intensivos. Este ventilador puede producirse masivamente, y no es la única aportación del grupo Virgin, que ha entregado diversos suministros a hospitales, incluyendo purificadores de aire, los cuales ofrecen una protección añadida a los trabajadores sanitarios de primera línea.

La propia NASA, por su parte, lanzó el pasado 1 de abril una plataforma destinada a que sus empleados propongan ideas creativas para que dicha agencia colabore en la lucha contra el coronavirus, sobre todo en tres áreas principales: previsiones sobre la extensión e impacto del virus, utilizando recursos como supercomputadoras y satélites, diseño innovador de ventiladores, y equipos personales de protección, como guantes y mascarillas. La ESA, que detuvo temporalmente la recogida de datos de cuatro de sus misiones, está llevando a cabo medidas parecidas, colaborando para ello con empresas privadas. Es de esperar que todo este talento humano ayude pronto a producir los resultados deseados, como frenar el número de infectados y por supuesto de fallecimientos.

3 de diciembre de 2018: un día espacial

El pasado 3 de diciembre, fue un día especial… y espacial. Tanto, que me han dado ganas de volver a escribir en este blog, para presentar las dos grandes noticias con las que arrancó la semana.

La primera, desde el cosmódromo de Baikonur (Kazajstán): el lanzamiento de la Soyuz MS-11 con destino a la Espación Espacial Internacional, llevando a bordo a  Anne McClain (de la NASA), Oleg Kononenko (de Roskosmos) y David Saint-Jacques (de la Agencia Espacial Canadiense). Ellos constituyen la denominada Expedición 58, que permanecerá seis meses y medio en la Estación, sustituyendo a la tripulación actual. Como sabemos, el pasado 11 de octubre la nave Soyuz tuvo que abortar el despegue, por fortuna sin que este accidente dañara a los dos astronautas que viajaban en ella. El día de ayer todo salió según lo previsto y ahora que escribo este texto los astronautas ya están dentro de la Estación.

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El despegue de la Expedición 58 (créditos: NASA/Aubrey Gemignani)

La segunda noticia llega desde la base de la Fuerza Aérea estadounidense de Vandenberg, en California, de la mano de SpaceX, que utilizando el mismo cohete Falcon 9 B1046 que había volado ya el 11 de mayo y el 7 de agosto de este año, logró poner en órbita 64 satélites al mismo tiempo, todo un reto logístico.

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Cohete Falcon 9 (créditos: NASA/Jim Grossmann)

Sin duda, cada uno de estos triunfos puede leerse como “buenas noticias” para el turismo espacial. En conjunto, constituyen una excelente manera de cerrar el año. Más aun teniendo en cuenta que se han producido una semana después del exitoso descenso en Marte de la InSight y el mismísimo día en que la sonda Osiris-Rex arribaba al asteroide Bennu. Esperemos que el año 2019, que ya está al caer, siga asombrándonos con esta intensidad.

Peticiones de mano … en la Luna

ApoteoSurprise es una compañía francesa que se dedica a organizar peticiones de matrimonio, fundada en 2006 por Nicolas Garreau, a quien la prestigiosa publicación La Tribune caracterizó como “Cupido 2.0”. Según cuenta en su web, este escritor e ingeniero aeronáutico de formación quiso compartir su creatividad y originalidad para dichas tareas con todos los hombres en la tesitura de declarar su amor o pedir matrimonio (algo que al parecer asusta a un 80% de los hombres “más que los tiburones”, de acuerdo con la misma fuente). Una idea, confiesa, inspirada por los cuatro años que pasó durante su adolescencia en Venecia, cuando se volvió un romántico empedernido.

ApoteoSurprise ofrece treinta escenarios, todos ellos encaminados al mismo objetivo: “deslumbrar a tu amada”. Los escenarios son muy variados, pero en mi opinión bastante tradicionales, con restaurantes, fuegos artificiales, la ópera, estadios de fútbol, la torre Eiffel… En general, me parecieron ideas elegantes, aunque hay alguno de ellos, como La carroza de Cenicienta, que superan con mucho mis capacidades de apreciación… Creo que la caracterización de “peticiones hollywoodenses” reconocida por la misma empresa aplica tanto para bien como para mal.

Los precios son muy variables: lo más barato es, por 290 euros, mandar a casa de tu amada un mago disfrazado de repartidor, que con algunos trucos le entregará tu mensaje. Si estás dispuesto a gastarte 19,900 euros, puedes impresionarla haciendo que dos aviones tracen un enorme corazón en el cielo, mientras bebes champán, después de haber cruzado París en un Bentley MK6 Milord de 1935 y de haber disfrutado de una de las mejores comidas de tu vida.

Como puede verse, hay para todos los gustos y para todos los presupuestos. El éxito de la empresa es innegable, con más de 1,800 servicios prestados, y menciones en los medios de comunicación de más de cien países.

Pero a este blog le interesa especialmente uno de los escenarios, el más caro y también el más impresionante, ni más ni menos que un vuelo alrededor de la Luna que prácticamente replica la misión Apolo 8 . El viaje, que se inicia con un lanzamiento desde Cabo Cañaveral, se lleva a cabo en aproximadamente una semana, en la cual una pareja, en completa intimidad, recorre medio millón de kilómetros, teniendo ante sí las espectaculares vistas de la Luna y la Tierra desde el espacio.

La empresa ha pensado en todo, incluyendo la banda sonora: poco después del lanzamiento, al comenzar a sentirse los efectos de la microgravedad, sonará la conocida “Así habló Zaratustra”. En el punto culminante del viaje, es decir, cuando la nave sobrevuela a unos doscientos kilómetros de altura la cara oculta de la Luna, treinta minutos en los cuales no hay comunicación alguna con la Tierra y que son el momento elegido para que se realice la petición de mano, con un anillo estratégicamente oculto en el traje de astronauta, en ese preciso momento comenzará a sonar “Fly me to the Moon”, de Frank Sinatra.

El escenario incluye tres meses de entrenamiento (incluyendo simuladores de gravedad elevada, vuelos en un jet a más de Mach 2, maniobras de emergencia, etc.), el cual se lleva a cabo después de haber pasado las pruebas físicas, que supongo serán bastante exigentes.

ApoteoSuprise cobra 125 millones de dólares por esta experiencia, que considera estará disponible en 2022. Desconozco el modo en que Garreau habrá efectuado sus cálculos; un dato esperanzador al respecto es que Space Adventures espera lanzar su primera misión circunlunar a principios de la década de 2020, pero al paso que ha ido hasta ahora el turismo espacial, cuesta creerlo. Así que sólo nos resta esperar.

Para animar la espera, podemos imaginar finales felices y no tan felices para esta clase de vuelos. Imagínate: tres días en el espacio con tu amorcito, y he aquí que en el momento cumbre del viaje, le pides la mano a tu princesa. Y ella que te responde: “gracias por esta experiencia, pero no”. O peor: “¿quéeeeeee? ¿Estás idiota? ¿Y para eso me has traído aquí? ¡Mejor hubiéramos comprado un yate!”. O la última: “no quiero verte más, sácame de esta maldita nave”. ¡Qué miedo!

José María Filgueiras Nodar

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Foto de la NASA (http://nasa.gov)

Guerra, espacio y crisis ambiental

El 12 de septiembre de 1962, el presidente John Fitzgerald Kennedy pronunció en la Universidad de Rice  uno de sus discursos más recordados, el famoso “Moon speech”, en el cual afirmó que los Estados Unidos enviarían una nave a la Luna antes del final de aquella década, algo que en su opinión se hacía no por ser fácil, sino por ser difícil. Pese a las enormes dificultades, como sabemos, Estados Unidos sí consiguió que una de sus naves llegara a nuestro satélite antes del final de la década, tal y como Kennedy había prometido.

La llegada del Apolo 11 a la Luna el 20 de julio de 1969 fue, entre otras muchas cosas, un hito de gran importancia en el transcurso de la Guerra Fría, y éste es el aspecto que exploraré en esta entrada. Tom Wolfe, en “Elegidos para la gloria”, nos recuerda que la carrera espacial entre  EE.UU y la URSS había comenzado con una serie de éxitos para los soviéticos, y que permitir a éstos llegar a la Luna en primer lugar habría sido considerado una humillación por EE.UU. Desde esta perspectiva, se trataba una cuestión de honor, que por supuesto traía también aparejadas cuestiones relativas al liderazgo internacional de cada país, y a otras muchas dimensiones específicas de la Guerra Fría, como la propia superioridad tecnológico-militar. Por ejemplo: algunos años después, como comenta Spudis a este respecto, a los soviéticos les resultaría más fácil temer las posibilidades de la Iniciativa de Defensa estratégica –la denominada “Guerra de las Galaxias”– después de haber observado el éxito del proyecto Apolo.

Tal éxito implicó la superación de numerosos desafíos tecnológicos y de organización. Supuso asimismo un enorme esfuerzo para la economía norteamericana, con un costo de 25 mil millones de dólares (que en dólares de hoy representarían la escalofriante cantidad de 115 mil millones). Cabría preguntarse por la motivación capaz de lograr que todo un país se concentre de esta forma en un solo objetivo. En los Estados Unidos de la década de los 60, no dudo que mucha gente entendiera los esfuerzos por llegar a la Luna como parte de una guerra en la que se hallaba en juego la supervivencia ideológica, del modus vivendi, e incluso física. Y pocas motivaciones son tan fuertes como el deseo de supervivencia.

Actualmente, la humanidad enfrenta un reto tan o más amenazador: la crisis ambiental. ¿Podría este reto ser capaz de impulsar una nueva carrera espacial, que nos lleve más lejos de la Luna? Sé que hay mucho que reflexionar al respecto, sé que dicho así provoca muchas dudas, pero de momento sólo quiero dejar planteada la pregunta…

José María Filgueiras Nodar

¿Realidad Virtual en la promoción del turismo espacial?

Uno de los problemas que suelen aparecer en los estudios de mercado sobre el turismo espacial es que resulta muy difícil explicar el concepto de un modo claro. Las descripciones verbales, como las famosas descripciones positiva y negativa del estudio de Futron & Zogby, aclaran mucho el significado de esta modalidad turística. Pero por experiencia de numerosas clases sobre el tema, sé que un buen video hace que las cosas se entiendan mucho más fácilmente. Por ejemplo, este video de Virgin Galactic reproduce con bastante exactitud la experiencia que esta empresa ofrece como característica, de modo que quien lo vea se hará una idea muy ajustada de la misma. Una idea, desde luego, determinada por los límites de la comunicación audiovisual, que no permiten mostrar más que indirectamente aspectos como la aceleración, las fuerzas G o la ausencia de gravedad. Sin embargo, como decía, es una idea mucho más realista de la que se puede obtener con una descripción meramente verbal.

Hace unos días me encontré con este artículo de The Guardian , acerca de la creación de SpaceTime Enterprises, una iniciativa que pondrá las vistas del planeta, tal y como se experimentan desde la Estación Espacial Internacional, al alcance de cualquiera a través de la Realidad Virtual. Las imágenes que proporcionará son de la misma resolución que tendríamos con nuestros ojos, si estuviéramos allí. SpaceTime Enterprises planea lanzar su primer satélite en septiembre de 2019. Durante los siguientes tres a cinco años seguirá lanzando más satélites y haciendo crecer su base de datos, hasta llegar a una cobertura prácticamente completa de toda la Tierra, poniendo estas imágenes a disposición no sólo de los turistas virtuales sino también para la realización de negocios e investigación científica.

Así pues, esta empresa pondrá el turismo espacial al alcance de un mercado de consumidores mucho más amplio del que hoy por hoy pudiese acceder a los productos de turismo espacial de Virgin, XCOR o Blue Origin, habida cuenta de la gran diferencia de precios. Mi reflexión, sin embargo, tiene que ver con estos últimos productos de turismo espacial suborbital, o sea, con los que llevan a pasajeros de carne y hueso fuera de la atmósfera terrestre.

Dicha reflexión está muy clara: la Realidad Virtual es señalada por muchos expertos como la herramienta definitiva para promocionar nuevos productos. En el caso particular del turismo, permitirá experimentar nuevos destinos de un modo muy completo y convincente. Esta tecnología se ha llegado ya a considerar una solución para evitar los impactos negativos del turismo en destinos cuya situación es tan delicada como la Isla de Pascua o la ciudad de Venecia, y en general para contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por el turismo, que representan un 8% del total mundial. En el caso de un producto tan nuevo como el turismo espacial, tan extraño a nuestra experiencia cotidiana, sus ventajas saltan a la vista. El turismo espacial requiere todavía darse a conocer en gran medida y la Realidad Virtual es una herramienta extremadamente útil para semejante tarea.

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Foto de Tim Savage

 

El carácter inmersivo de la Realidad Virtual permite a los usuarios explorar cualquier destino de un modo muy semejante a como lo harían si estuviesen físicamente en el mismo. Cabe esperar también que, a medida que la tecnología vaya mejorando, las experiencias sean cada vez más realistas, especialmente teniendo en cuenta las posibilidades de la tecnología háptica, que involucra al sentido del tacto. En otro orden de ideas, la apuesta de Facebook por la Realidad Virtual aporta un contexto empresarial muy interesante, en el cual el uso de tales dispositivos será  el pan nuestro de cada día.

Desde luego, en este punto nos encontramos con lo que podríamos denominar la “triste realidad” del turismo espacial suborbital, es decir, que los primeros vuelos suborbitales comerciales todavía no han despegado. Debido a esta triste realidad, tal vez las empresas no den mucha importancia a la promoción.

No me parece un buen argumento, y tampoco creo que las empresas de turismo suborbital piensen así, puesto que son plenamente conscientes de que una mayor difusión del producto puede ser muy beneficiosa no sólo de cara al futuro, cuando los precios presumiblemente comiencen a bajar y el producto se vaya convirtiendo en masivo, sino desde ya mismo. Además, el gasto no es demasiado elevado, en comparación con los costos de desarrollar el turismo espacial propiamente dicho (piénsese que SpaceTime Enterprise arranca con un capital de apenas 2,5 millones de libras), y podría ayudar a promocionar el turismo suborbital a una escala masiva, cuando sea necesario.

Tal promoción podría manejarse en varios niveles: pequeños spots para Facebook y otras páginas web, uso de simuladores sencillos en ferias y exposiciones, etc. Podría contactarse con empresas como la que acabo de mencionar, u otras con proyectos semejantes, como Earth-i o SpaceVR, que lanzó ya su primer satélite en 2016, y colocar sus productos dentro de las experiencias virtuales que éstas ofrecen. Vender viajes virtuales mucho más realistas, en simuladores complejos de la experiencia ofrecida por las empresas de turismo suborbital y tal vez acompañar virtualmente a los participantes en un vuelo suborbital –incluso compartiendo los gastos con los mismos– serían otras posibilidades, más allá de la propia promoción, pero también de gran interés. A través de cualquiera de las citadas, o las muchas otras que sin duda se desarrollarán, el turismo espacial suborbital sería dado a conocer de un modo completo y realista.

Sea como sea, parece que la realidad virtual ha llegado al mundo del turismo para quedarse, y probablemente para ocupar una posición de gran importancia en la promoción turística. El turismo espacial no debería quedarse atrás a la hora de adoptar esta tendencia; creo que cualquier observador atento apostaría a que se utilizará más y más en los próximos años.

José María Filgueiras Nodar