Autor: touralespacio

“El otro México” de Fernando Jordán

En esta pandemia he recuperado un antiguo amor por la lectura, de modo que casi todos mis ratos de ocio los pasé leyendo, algo que no había podido hacer desde muchos años atrás. Así, durante esta larga cuarentena, me dediqué a leer vorazmente: de Yuval N. Harari a Jack Ketchum, y de Manuel Vázquez Montalbán a Karl G. Jung. Mientras escribía esta entrada, he comenzado a releer La montaña mágica, que tenía olvidada en algún lugar de mi mente desde la adolescencia.

De esa larga lista, uno de los libros que más he disfrutado, quizá el que más, ha sido el que da título a esta entrada. Había oído de El otro México hace muchos años, mientras preparaba un artículo sobre ética periodística, en el cual daba una interpretación de la misma basada en la obra de Richard Rorty. Según este filósofo, y resumiendo muchísimo, la manera de conseguir que el mundo sea un lugar mejor es hacer que la gente amplíe el círculo de sus lealtades morales, es decir, que se preocupe cada vez más por personas que no son sus seres queridos. Esta es una idea conocida de antiguo, pero creo que la novedad más interesante de Rorty tiene que ver con los mecanismos capaces de expandir el círculo, pues, en lugar de apostar por la filosofía o las leyes, este autor apuesta por una educación sentimental llevada a cabo por la literatura, en un concepto ampliado de la misma que abarca, además de la literatura propiamente dicha, muchas otras cosas, como el cine o por supuesto el periodismo. De este modo, cualquier reportaje (documental, novela, etc.) que mueva nuestros sentimientos puede hacer que nos impliquemos moralmente. Y, así, puede encaminarnos hacia lo que Rorty llama progreso moral.

Sólo por poner un par de ejemplos, porque literalmente hay cientos, vean este artículo sobre refugiados sirios en Europa, o este documental sobre la industria de la carne de cerdo. Creo que ambos son capaces de cambiar el modo de pensar de mucha gente acerca del vegetarianismo o la ética de la migración, a través de la influencia ejercida sobre los sentimientos.

Esto nos trae de regreso al exitoso libro del antropólogo y periodista Fernando Jordán (1920-1956), una obra que puso ante todo el público de México frente a la realidad y los problemas de una zona que en 1951, cuando se publicó, era prácticamente desconocida para todo el país. La mejor forma de describirlo es atender al subtítulo, “Biografía de Baja California”, porque eso es precisamente lo que es. El libro elabora una completa biografía de la Península, comenzando por sus orígenes legendarios y su discurrir histórico. Así, se refiere a las gestas de Vizcaíno y al papel de los misioneros en la conquista espiritual del territorio; también a los intentos por convertir a Baja California en territorio norteamericano.

Pero la historia es tan sólo un tema introductorio. El grueso del libro se dedica a exponer un recorrido a lo largo de la Península, en un tiempo anterior a la construcción de la carretera, cuando la única forma de viajar por gran parte de Baja California era cruzar el desierto por una brecha sin asfaltar.

Aunque la variedad de temas y la calidad de la narración dan ganas de hacerlo, no voy a dar una descripción detallada del contenido del libro, únicamente señalar algunos de los interesantes temas tratados, como el modo en que las ciudades del norte peninsular invirtieron muy adecuadamente en su futuro los ingresos generados por diversas actividades ilícitas, las incursiones por mar en busca de ballenas o la descripción tan triste que proporciona de los elefantes marinos. También la división entre dirigentes y trabajadores mineros en Santa Rosalía, la prisión de puertas abiertas de Mulegé, o la tierna historia de las truchas de Mr. Utt. Por no hablar de Comondú, el pueblo con olor a vino y aceite que para Jordán se convierte en el último paraíso de la Tierra.

Cuando se escribió, el libro quería ser actual y basado en percepciones vivas, alejándose del tono de una monografía histórica y más cercano a un reportaje, pero con los casi 70 años que han pasado desde su publicación, la obra adquiere un significativo peso histórico. Asi, en la misma se pueden ver los orígenes de muchos factores que hoy protagonizan la actividad de Baja California, como el turismo, las maquilas, la pesca (profesional y también deportiva) o por supuesto la migración.

Con todo, la parte del libro que más disfruté fue el recorrido en automóvil. Y creo que lo disfruté aún más por el hecho de estar en medio de la pandemia. Me imaginé al volante de un todoterreno, como el propio Jordán, recorriendo aquellos espacios infinitos de la Tierra de Nadie. Viendo los mismos pueblos, las mismas bahías, y hablando con los mismos fayuqueros.

Esa fue, como digo, la parte del libro que más disfruté, la que Jordán se pasa al volante. Fue la que me hizo dosificar la lectura, haciendo que cada tarde me pusiera a leer con la devoción de un gamer ante su videojuego favorito. A veces, en este mismo espíritu, completaba el viaje con vistas de Google Maps. Desde luego, sería mucho mejor el irme a recorrer la carretera. Las circunstancias no son las más adecuadas, ni mucho menos, pero es bueno pensar que algún día, cuando regrese la normalidad, muchos de los paisajes descritos por Jordán estarán ahí para ser descubiertos nuevamente.

Mientras llega ese día en que el sueño se haga realidad, si es que llega, releer ciertos pasajes de El otro Mexico tendrá que servir de consuelo.

El libro está disponible en la web del Archivo Histórico de Baja California Sur. Puedes descargarlo en este ENLACE.

Fosfina en Venus y turismo espacial

La noticia impactó a todo mundo. Y es que los datos son los que son, y vienen además muy contrastados, por más que, desde luego, requieran de mucho, muchísimo trabajo ulterior. Como ya tod@s sabemos, un equipo internacional ha detectado fosfina en la atmósfera de Venus. En este enlace pueden ver el artículo, no se pierdan la Información Suplementaria, donde se discute en detalle la hipótesis de la vida en Venus, así como las demás posibilidades de producción de fosfina.

Según dicen los científicos, la maloliente fosfina es una molécula que, en las condiciones actuales del conocimiento, se asocia de modo directo con la actividad biológica. De modo que las cartas de la vida extraterrestre se han vuelto a poner sobre la mesa. Y no en Marte, planeta que concentraba gran parte de las apuestas, sino en ese gemelo malvado de la Tierra que es Venus (donde también, por cierto, se llevaba décadas contemplando esa posibilidad, si bien restringida a la atmósfera, no a las temperaturas infernales de la superficie del planeta). Probablemente, en las oficinas de varias agencias espaciales ya se estén discutiendo los detalles para nuevas misiones a Venus, o retomando misiones que estaban abandonadas en algún cajón.

Desde luego hay que ser extremadamente cautelosos. La posibilidad de que exista vida extraterrestre (o vyda, según la caracterización renovadora de Bartlett y Wong, disponible aquí) es algo terriblemente emocionante, pero es mejor esperar y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Pase lo que pase, seguro que se van a descubrir muchas cosas acerca de Venus, acerca de la química planetaria, etc., etc.

Seguro también que hay conspiranoicos diciendo que todo esto tiene que ver con el coronavirus. “¿Descubren algo así en plena pandemia? Tiene que ser una maniobra”. Yo creo, simplemente, que la noticia llega en un buen momento. Es decir, no me parece que sea un buen momento en general (de hecho, es justo al revés), pero sí un excelente momento para las buenas noticias, que adquieren más carisma en una situación como la presente, con toda la gente encerrada, mirándose al ombligo y pensando cosas horribles.

¿Cuáles son las implicaciones de este prometedor hallazgo para el turismo espacial? La primera es que el espacio ha vuelto a estar en la primera página de los periódicos, en los informativos, ha incendiado las redes sociales… Y eso siempre es bueno. En este caso, parece un excelente espaldarazo para la exploración espacial. Este tipo de noticias hacen que la sociedad vuelva a interesarse por el espacio, lo cual es siempre beneficioso para el turismo espacial.

Otra implicación se refiere a las vocaciones científicas que aparecerán ante una noticia como la presente, no digamos ya si en algún momento se llegase a confirmar la existencia de vida en Venus. Puedo imaginarme a muchos y muchas alumnas de preparatoria decidiendo en estos mismos días que van a estudiar Física o Bioquímica, sólo a causa de esta noticia. Y a cientos de niñxs que, debido a la misma, descubrirán por primera vez  el poder y la belleza de la ciencia. Este asunto de las vocaciones científicas creo que es de vital importancia, por supuesto para el turismo espacial, pero también para el futuro de la especie. A pesar de los problemas que sin duda existen, pocas empresas humanas son tan nobles como la ciencia.

Una tercera tiene que ver con los posibles flujos de inversión hacia la exploración espacial, los cuales pueden ser canalizados hacia empresas privadas, teniendo en cuenta el modo en que algunas de éstas (por ejemplo Space X) se han involucrado con las agencias gubernamentales. Si un mayor interés por el espacio hace que se produzcan más misiones, el papel de las empresas privadas podría fortalecerse. En cualquier caso, también se hará patente la necesidad de seguir abaratando los lanzamientos.

Por todo ello, el descubrimiento de fosfina en Venus, más allá de su alcance científico, debe ser visto como una excelente noticia para el turismo espacial.

Disciplina espacial

Dejaré para otro momento el comentario sobre las últimas hazañas de SpaceX, porque ya se ha hablado mucho sobre ello. En su lugar, quiero hacer un comentario acorde con estos tiempos del COVID.

La pandemia es un desastre, se mire como se mire. Todo lo escasamente bueno que se pueda decir de la misma no compensa ni una millonésima parte del desastre que es, comenzando, como es lógico, por las enormes cifras de muertos y afectados. Un desastre. Pero tampoco se trata de que nos enfoquemos únicamente en esto. Hay que buscar el lado bueno”, para no desesperarnos.

Así, el otro día, entre otros muchos pensamientos ociosos, me pregunté si la pandemia puede considerarse un buen momento para comprobar que somos capaces de mantener el nivel de disciplina y autocontrol necesario, por ejemplo, a la hora de llevar a cabo un viaje espacial (pensando más bien en esos viajes de ciencia ficción a otros planetas). La pandemia representa un reto sobradamente difícil y exigente, de modo que la pregunta, salvando las múltiples diferencias, tiene cierto sentido. Mucho más en una tarde de confinamiento.

Lo primero que debo decir es que he seguido todas las recomendaciones de la OMS y demás organizaciones serias. Cuando había lagunas o contradicciones, usé principios precautorios, siempre en la dirección de una mayor seguridad. Además, cumplí a rajatabla todos los protocolos que me he impuesto, basados en dichas recomendaciones. Esto vale para todo: limpieza de zapatos, sanitización de suelos, lavado de ropa, estornudos de etiqueta, uso de cubrebocas y pantalla, etc., etc. Todo lo que quieras.

Sin embargo, he tenido un par de fallos leves, muy al inicio de este quilombo. Cosas como tocarme la cara después de haber tocado algún objeto ubicado en un lugar público… Y tuve un fallo grave. Tonto y grave.

Estaba haciendo deporte, corriendo dentro de la casa. Mi esposa salió a comprar y una hoja de papel se escapó de la casa, llevada por la corriente. Me lancé a por la hoja sin pensar, la pisé y en ese momento la puerta se cerró estrepitosamente detrás de mí. Fue todo muy rápido: si fuese un portero de fútbol me habría pasado de reflejos. Y ahí estaba, sin llaves, sin celular, sin alcohol, sin mascarilla. Por suerte, estaba vestido.

Después, un vecino me prestó su celular para llamar al cerrajero, a quien tuve que esperar unos quince minutos en el vestíbulo del edificio. Se trata de situaciones que, en otras circunstancias, habrían sido perfectamente normales, pero que en estos días de pandemia se leen de otra manera. Así, una potencial fuente de contagio, sin cubrebocas, me prestó un objeto tal vez tapizado de virus, objeto que sin duda acerqué demasiado a mi boca y mis ojos para hablar, sin mascarilla, ni pantalla, ni gafas, ni nada, ni siquiera alcohol para desinfectarme las manos. Luego bajé al vestíbulo, pasé prácticamente pegado a dos personas sin protección en un estrechamiento del pasillo, y estuve un cuarto de hora al lado de otras cuatro personas sin protección alguna, que estuvieron además hablando en voz muy alta, riéndose y en ocasiones carraspeando o tosiendo.

En esos momentos, me costaba creer que no me fuera a contagiar. Luego pensé “estadísticamente”, recordé las cifras de contagios en mi localidad y se me pasó un poco el yuyu. Pero estuve muy atento los catorce días que siguieron a este fallo, comportándome como si me hubiera contagiado, es decir, con medidas de seguridad bastante más fuertes que las normales. Desde luego, un error de esta magnitud me habría costado la vida en el espacio. Afortunadamente, en la pandemia pasó sin problemas..

Pero la lección está clara: son malos momentos para casi todo, pero buenos para seguir ejercitando la disciplina. No es que ésta sea El Valor Supremo, o algo por el estilo, pero a veces es bueno entrenarla, como si fuera un músculo. Y el COVID nos da una buena oportunidad para ello.

José María Filgueiras Nodar

Universidad del Mar

TodXs con SpaceX

Aquí les dejo un enlace para ver en directo el lanzamiento de la Crew Dragon de SpaceX. Hoy puede ser un día muy importante para el futuro de la exploración espacial,  si el clima lo permite, esperemos que la segunda sea la buena!!!!!

El titán (o quiénes son los ¿humanos? que dominarán otros mundos)

Hace unos días, en pleno confinamiento a causa del coronavirus, estuve viendo la película El titán (2018, dirigida por Lennart Ruff). Sin spoilers, les cuento que esta obra está ambientada en el año 2048, cuando el planeta se ha ido al carajo entre la sobrepoblación, las guerras y el deterioro ambiental. Las previsiones son desoladoras: “nuestros hijos conocerán el fin de los tiempos”, dice uno de los personajes. Ante esta perspectiva, los científicos están buscando otro lugar para que la especie humana comience de cero y se han fijado en Titán. Esta luna de Saturno, el segundo satélite del sistema solar, una luna que es, de hecho, más grande que el planeta Mercurio, posee un ambiente muy hostil para el ser humano, con temperaturas extremadamente frías, lagos de metano líquido y una atmósfera compuesta mayoritariamente de nitrógeno. En la película se dice que es una atmósfera muy semejante a la que tenía la Tierra en los momentos inmediatamente anteriores al origen de la vida, vaya usted a saber…

En lugar de terraformar el planeta, como se ha propuesto con Marte, aquí los científicos de la OTAN siguen un enfoque diferente: modificar genéticamente a los humanos para que se adapten a vivir en ese ambiente tan distinto al de la Tierra. Y la película narra el modo en que un militar, acompañado de su familia, vive este proceso de entrenamiento y modificación (o “evolución forzada”, como lo caracterizan) junto con un grupo de voluntarios, en una base militar en el Atlántico.

No seguiré contando más; en lugar de ello quiero poner en relación lo visto en este filme con unas reflexiones de Yuval Noah Harari, en su libro Sapiens: “La mayoría de los argumentos de ciencia ficción describen un mundo en el que sapiens idénticos a nosotros gozan de una tecnología superior […] Pero el potencial real de las tecnologías futuras es cambiar al propio Homo sapiens […] De hecho, los futuros amos del mundo serán probablemente más diferentes de nosotros de lo que nosotros somos de los neandertales”. Si bien debemos referirlas a los futuros amos de Titán, porque en la película nuestro planeta ya no sirve para nada, estas consideraciones vienen que ni pintadas.

La primera vez que las leí, confieso que la cosa no me gustó demasiado. Queremos humanos-humanos en el espacio, y no cosas raras. Después, pensé que como especie ya hemos experimentado muchas modificaciones genéticas, de modo que no era para tanto. Sin duda, la diferencia va a ser patente, pero probablemente siga dentro de este devenir…

Ahora, al ver la película que estoy comentando, recordé esa dicotomía planteada por Bruce Sterling (yo la leí en Crystal Express), las facciones de formadores y mecanicistas, una humanidad dividida en el futuro entre quienes han apostado por explotar todo el potencial de la genética y quienes optan por apoyarse en las máquinas para mejorarse como especie. Así, mientras los formadores diseñan seres humanos con cocientes de inteligencia superiores a 200 y cuerpos literalmente perfectos (sin defecto alguno y con todos los órganos y sistemas potenciados), los mecanicistas se vuelven cada vez más parecidos a las máquinas, a través de todo tipo de implantes. Evidentemente, el enfoque de la película es formador.

Este aspecto, unido a la lectura ecológica que sin duda está presente en El titán, también la pone en relación con otra película reciente, como es Downsizing (2017, dirigida por Alexander Payne), en la cual muchos humanos deciden reducir en gran proporción su tamaño, impulsados por la perspectiva de vivir una vida de extremo lujo en centros de ocio creados para estos nuevos y diminutos millonarios, quienes debido a esa reducción pueden permitirse un tren de vida muchísimo más elevado. Como es fácil de entender, con una altura aproximada de 13 cm pueden vivir en casas (cajas de muñecas) extremadamente lujosas, una mota de diamante puede convertirse en una joya espectacular, y así sucesivamente, con cualquier otro producto.

Resulta curioso que, en la vida real, lejos de lo hollywoodense, también existan propuestas semejantes. Matthew Liao, un profesor de bioética, propone diversas alternativas de lo que denomina “ingeniería humana”, entre ellas el desarrollar a través de diversos métodos (selección de embriones, tratamientos hormonales para provocar que el cartílago del crecimiento se cierre antes de lo normal) seres humanos de menor tamaño, dado que de éste depende parcialmente la huella ecológica que se genera. La reducción que propone Liao  es mucho más realista, pero no deja de ser efectiva: 15 cm menos de altura representan para los hombres una disminución del matabolismo de un 15%, con la consiguiente disminución en el consumo de energía y recursos.

Por cierto, aunque en Downsizing la razón fundamental para reducirse sea el egoísmo de toda la vida (el beneficio al planeta parece surgir por un mecanismo algo similar a la mano invisible) y según Liao parece tratarse de una razón de tipo ético, para personas convencidas de que hay que frenar el cambio climático, en ambos casos la decisión es voluntaria.

No sé si la miniaturización vaya a ser el camino para resolver los problemas ambientales y, volviendo a El titán, tampoco conozco el grado en que se pueda y se vaya a utilizar en la exploración espacial la modificación genética, la cual en principio podría ubicarse éticamente dentro de un amplio espectro, extendido desde las peores barbaridades eugenésicas hasta una mera prolongación del entrenamiento de los astronautas. El titán explora alguno de los problemas que surgen al adoptar esta estrategia y, hasta cierto punto, me parece que deja planteada la existencia del mencionado espectro. Desde luego, es una obra que puede estimular su mente en este periodo de cuarentena.

Acerca del coronavirus, la experiencia del confinamiento, o el impacto de la pandemia sobre el turismo, tal vez escriba en otro momento.

Coronavirus y agencias espaciales

 

Teniendo en cuenta la influencia de la pandemia que estamos viviendo sobre todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, lo inédito de la situación, con cadáveres desbordando las morgues, países cerrados bajo siete llaves, y todxs en cuarentena dentro de nuestras casas, a escala global, estoy seguro de que hay mucho por decir acerca del coronavirus y todo lo que implica. Y también de que habrá tiempo para ello. De momento, sólo quisiera hablar del modo en que esta pandemia ha afectado a las agencias espaciales y, en general, al mundo del espacio.

La NASA, con varios trabajadores infectados, ha mandado a gran parte de su plantilla a casa, apostando por el teletrabajo, cuando ello es posible, y conservando únicamente el personal presencial requerido para las actividades críticas. Esto le ha obligado a reevaluar toda su actuación, retrasando o incluso suspendiendo varias misiones. El ensamblaje del telescopio James Webb, sucesor del Hubble, se ha suspendido, lo mismo que la producción y pruebas del cohete y la cápsula de la misión Artemis (con la que se desea regresar a la Luna en 2024), que se llevaba a cabo en una zona de Nueva Orleans muy sacudida por la pandemia. En cambio, la misión Mars 2020 sí continúa adelante, con el Perseverance Rover y el Mars Helicopter, así como el proceso para reemplazar la tripulación de la Estación Espacial Internacional, ahora con medidas de seguridad muy reforzadas, como por ejemplo la doble cuarentena. Del posible impacto sobre el turismo espacial, mejor hablamos en otro momento, porque yo creo que esto puede significar otro gran retraso en los vuelos.

También debe decirse que todo el mundo del espacio se ha lanzado decididamente a la lucha frente al coronavirus. La agencia espacial india pausó sus lanzamientos y derivó recursos al desarrollo de ventiladores y otros implementos necesarios para luchar contra la pandemia. Virgin Orbit, empresa del grupo Virgin dedicada al lanzamiento de pequeños satélites, ha desarrollado un ventilador “puente”, destinado a usarse con pacientes recuperados parcialmente, es decir, aquellos que ya no están en cuidados intensivos. Este ventilador puede producirse masivamente, y no es la única aportación del grupo Virgin, que ha entregado diversos suministros a hospitales, incluyendo purificadores de aire, los cuales ofrecen una protección añadida a los trabajadores sanitarios de primera línea.

La propia NASA, por su parte, lanzó el pasado 1 de abril una plataforma destinada a que sus empleados propongan ideas creativas para que dicha agencia colabore en la lucha contra el coronavirus, sobre todo en tres áreas principales: previsiones sobre la extensión e impacto del virus, utilizando recursos como supercomputadoras y satélites, diseño innovador de ventiladores, y equipos personales de protección, como guantes y mascarillas. La ESA, que detuvo temporalmente la recogida de datos de cuatro de sus misiones, está llevando a cabo medidas parecidas, colaborando para ello con empresas privadas. Es de esperar que todo este talento humano ayude pronto a producir los resultados deseados, como frenar el número de infectados y por supuesto de fallecimientos.

YouTube y l@s Cousteau del turismo espacial

En esta entrada, quiero referirme a unas declaraciones de John Spencer, el famoso gurú del espacio, en un libro que escribió junto a Karen Rugg allá por 2004. En esta obra (por cierto, la primera que se escribió en EE.UU. sobre el tema), titulada Space Tourism. Do you want to go?, se diseña un Plan Maestro para el desarrollo del turismo espacial. Este Plan inicia con lo que podríamos denominar una macrocampaña de Relaciones Públicas en la cual hay que difundir una visión atractiva y favorable al turismo espacial. Es en el contexto de esa macrocampaña que Spencer y Rugg afirman: “necesitamos un Jacques-Yves Cousteau para el movimiento del espacio y para el turismo espacial. Alguien con la presencia, la voz, la credibilidad y la pasión con que Cousteau estimuló el interés por los océanos podría hacer lo mismo por el espacio” (p. 194). Probablemente, así, a botepronto, muchos pensaríamos que esa persona ya existió, y se llamaba Carl Sagan.

La influencia de Sagan como divulgador de la astronomía, la exobiología, o la ciencia en general, ha sido impresionante. Y, con pocas dudas, yo creo que habría sido un decidido partidario del turismo espacial. Por desgracia, murió (relativamente joven, para más INRI) en 1996  y sabemos que en esas fechas, aunque ya se habían llevado a cabo los importantes estudios de mercado de Patrick Collins y sin duda existía la idea del turismo espacial al menos desde la década de los sesenta, todavía no se había producido el primer viaje turístico espacial. Éste se llevó a cabo en el año 2001, y tuvo como protagonista a Dennis Tito.

Spencer considera que es precisamente Tito quien funge como el Cousteau (y de forma paralela como el Neil Armstrong) del turismo espacial. Desconozco de primera mano el impacto de Tito sobre el público norteamericano, pero todos los especialistas afirman que fue muy grande. En los países de habla hispana, por el contrario, no me parece que haya sido para tanto. Por poner un ejemplo, en México yo me enteré de su hazaña varios años después, cuando comenzaba mis investigaciones sobre turismo espacial. Poco que ver, creo yo, con la fama alcanzada por Cousteau: recuerdo la devoción con que cada semana veía sus programas en la televisión española. Y también el montón de veces en que fantaseaba con los amigos, todos niños en aquella época, acerca de la posibilidad de tener un barco como el Calypso para navegar por todo el mundo. Tampoco me parece que se pueda comparar con la influencia de una serie como Cosmos.

Probablemente una razón de este menor impacto sea, en mi opinión, que en los ochenta y a finales de los setenta no había tanto para elegir. En España era muy sencillo: veías TVE 1 o TVE 2 y, si no te convencía la programación, te metías a leer en tu cuarto o salías a la calle a jugar fútbol. Poco más. El primer canal autonómico inició sus transmisiones en mi comunidad en 1985 y la primera televisión privada en 1990. Hoy día, tenemos servicios de televisión por cable o por satélite que ofrecen cientos de canales. Además, existen plataformas de contenido online como Netflix y todas las que siguieron su estela. Y, por supuesto, está ahí todo el material disponible en las redes sociales, especialmente YouTube. Es probable que toda esta profusión de contenido audiovisual, ubicado además en un lugar tan próximo como nuestro teléfono celular, haga que aquel mundo de los 70 nos resulte ya muy extraño, incluso a quienes lo vivimos.

Yo creo que esa enorme expansión de la oferta audiovisual ha tenido que ver con la menor proyección de Tito frente a la de Cousteau. Sin embargo, no creo que sea la única razón. Cousteau, en principio un oficial de la Marina francesa, era un idealista que si no recuerdo mal llegó incluso a demandar a su hijo por usar su nombre en un proyecto comercial. En cambio, Richard Branson, el dueño de Virgin Galactic, es un magnate que posee cientos de empresas más, incluido un banco y una compañía telefónica. A Elon Musk se le estima un patrimonio de casi cuarenta mil millones de dólares, distribuido entre varias empresas, como Tesla o SpaceX. Y Jeff Bezos es hoy, ni más ni menos, la persona con más dinero de todo el mundo, con una fortuna superior a los cien mil millones de dólares. Poco importa que las empresas de turismo espacial sean las que menos riqueza aportan a sus propietarios. Quien lo dude, que compare las cifras de Amazon con las de Blue Origin: podría pensar que Bezos tiene esta empresa como un hobby, vamos, como quien tiene un acuario o una colección de sellos o, todo lo más, que es su versión de una empresa social. Aun así, el caso es que mucha gente desconfía por default de los multimillonarios… Entonces, cuando Spencer afirma que el turismo espacial necesita un Cousteau, en este contexto podría interpretarse como que señala la necesidad de alguien independiente de los intereses de esta industria, si es que se quiere que la visión del turismo espacial llegue en verdad a la gente.

Probablemente estx nuevx Cousteau no vaya a surgir de los grandes canales de televisión. Probablemente sea más adecuado apostarle a YouTube, en donde se puede lograr el desarrollo de productos audiovisuales de gran calidad con muy poca inversión, o de productos con una enorme difusión e impacto a un costo próximo a cero. Sin duda, YouTube democratiza el acceso a un público potencialmente mundial  para quienes quieran extender la visión propuesta por Spencer, o alguna de las múltiples  variantes de la misma que se nos puedan ocurrir. En ese sentido, hace muy fácil extender los ideales del movimiento espacial.

¿Saldrá de YouTube la o el nuevo Cousteau del turismo espacial? Sin duda, es una posibilidad muy atractiva. Ojalá algunas personas jóvenes se la tomen en serio y comiencen a trabajar en esa dirección.

Turismo espacial y empleo

Próximamente participaré, junto con una de mis tesistas, en un evento conmemorativo del Día del Turismo, el cual se celebra todos los 27 de septiembre y que este año, como sabemos, estuvo articulado en torno al tema “Turismo y empleo”. Teniendo en cuenta este tema-eje, decidimos elaborar una presentación acerca de las posibilidades de  generación de empleos en el turismo espacial para los egresados de las carreras de turismo.

Desde luego (esto es algo que por sabido no debe dejar de decirse) se tratará de una presentación totalmente especulativa, ya que hoy por hoy el turismo espacial todavía no despega, al menos no como una industria capaz de emplear a nuestro alumnado. Las empresas que como Virgin Galactic, Blue Origin o Bigelow Aerospace están desarrollando ahora mismo sus productos de turismo espacial, contratan fundamentalmente a ingenieros y técnicos, sin duda las personas más necesarias en esta fase, además de personal administrativo, legal, etc., tal y como cualquier otra empresa. Hasta donde sé, todavía no están contratando, o desde luego no a gran escala, especialistas en turismo, pero me parece que ello no es óbice para que, de manera especulativa, se piense en las posibilidades que el turismo espacial podría ofrecerles en un futuro. Que en el turismo espacial serán necesarios tales especialistas es algo que pocos se atreverían a poner en cuestión: imaginemos la diferencia entre un hotel orbital gestionado por militares, en el cual te castigan con cien flexiones por no haberte acabado tu comida y tienes que andar todo el tiempo diciendo “señor, sí, señor”, o gestionado por personal de la industria de la hospitalidad…

En su presentación del evento, la OMT señala que “se necesitan nuevas políticas para aprovechar al máximo el potencial del turismo de crear más y mejores puestos de trabajo, especialmente para las mujeres y los jóvenes. Se requieren también nuevas medidas para reflejar e incorporar los avances tecnológicos en curso”. A mi juicio, apoyar el desarrollo del turismo espacial parece ser una de tales políticas. Los posibles empleos que se generen en el turismo espacial, en su modalidad orbital y suborbital, muy probablemente beneficiarán más a los más jóvenes, por motivos obvios de capacidad física, en primer lugar, pero también porque tienen más tiempo para dedicarse a la preparación exigida por estas posiciones laborales, y (yo diría que sobre todo) porque los jóvenes tienen la imaginación y la capacidad de soñar mucho menos dañada que los mayores.

En el caso específico de las mujeres, es cierto que la exploración espacial ha estado, por motivos fácilmente discernibles, así como criticables, dominada hasta el momento por los hombres (si alguien lo duda, que no lo creo, puede ver ese magnífico documental que es Mercury 13). Pero también es cierto que ya desde un momento tan temprano como 1963 (fecha del vuelo orbital de Valentina Tereshkova) las mujeres también han participado activamente en dicha exploración. Más allá de ese hecho, recuerdo haber leído en una ocasión que algunos ejércitos ya eran conscientes de las ventajas de emplear mujeres en tareas como, por ejemplo, las bases submarinas. Aunque quizá lo leí en alguna novela de ciencia-ficción (sospecho de Esfera, esa excelente obra de Michael Crichton), la lógica de la afirmación es impecable: las mujeres son capaces de hacer exactamente el mismo trabajo que los hombres, pero en general consumen muchos menos recursos (como alimentos, agua u oxígeno). Argumentaciones similares a la mencionada podrían representar un punto a favor de las mujeres a la hora de  ser contratadas para ciertos empleos en el futuro ecosistema laboral del espacio exterior. Por supuesto, no basta con confiar en esta ventaja que podría orientar las decisiones de mercado a favor de las mujeres; se precisan medidas enérgicas, de carácter legal y político, para lograr por fin la igualdad de género, tanto en el mundo laboral de la actualidad como en el del futuro.

Acerca de tal ecosistema laboral del espacio, podemos recordar el libro de Erik Seedhouse: Astronauts for Hire. The emergence of Commercial Astronaut Corps. Seedhouse, uno de los principales expertos en el campo del turismo espacial y en general de la comercialización del espacio, señala algunos puestos pertenecientes a lo que llama “empleo extraterrestre”: Controlador de Tráfico Espacial, Astronauta Supervisor, Agente de Entretenimiento Orbital, Mecánico de Servicio a Naves Espaciales, Doctor Espacial o Broker de Exploración. Con un poco de imaginación estoy seguro de que a todos se nos ocurrirían muchos puestos más…

Una última reflexión debe referirse a los salarios, dado que es una gran fuente de preocupación para quienes egresan de las licenciaturas en Turismo. Si recordamos una aproximación tradicional a la valuación de puestos, como es el método por puntos de Lott, nos encontramos con cuatro grupos de factores de valuación: requisitos mentales (ligados a características como la instrucción o la experiencia), requisitos físicos (esfuerzo físico y concentración), responsabilidades (personal, materiales, etc.) y condiciones del trabajo (como el ambiente laboral y los riesgos). Está claro que estos factores puntuarán muy alto para cualquier empleo del turismo espacial.

El nivel de instrucción, por ejemplo, será mucho mayor, ya que, al aprendizaje habitual para los empleos en “tierra, mar y aire”, se le agregará el entrenamiento específico para operar en el espacio. Los turistas que, de Dennis Tito a Guy Laliberté, realizaron estancias en la Estación Espacial Internacional, requirieron literalmente meses de entrenamiento; cabe suponer que los trabajadores en facilidades orbitales necesiten al menos el mismo tiempo, si no más. Lo mismo sucede con los otros factores, pensemos en los requisitos físicos o la responsabilidad de manejar instalaciones y equipos de altísimo valor, por no hablar de los riesgos que se enfrentan en el espacio, el cual es, no lo olvidemos, el ambiente más hostil al que se pueden enfrentar los seres humanos. Todo ello favorece la conjetura de que se tratará de salarios elevados.

Por supuesto, existen otros elementos que deben tomase en cuenta a la hora de establecer los salarios, como es el reconocimiento del trabajo por parte de la sociedad, o el valor  generado por dicho trabajo. Manteniendo constantes estos elementos (constantes con respecto a lo que resulta habitual hoy por hoy en el sector turístico), creo que se sigue apuntalando la conjetura de un salario elevado para los trabajadores del ecosistema laboral espacial.

Así pues, uniendo los salarios a todos los retos y satisfacciones que implicaría trabajar en el espacio, puede ser que éste constituya una opción laboral para algunos de los egresados de nuestras licenciaturas en turismo, tal vez incluso sean los trabajos soñados por muchos de ellos, una posición que hoy día ocupa, por ejemplo, el trabajo en cruceros.

Desde luego, este sueño no se va a cumplir ahora, y la pregunta más interesante, la pregunta de millón (o del billón) es: “¿cuándo va a comenzar el turismo espacial?”. Cuando esta modalidad de turismo llegue a los mercados masivos, sin duda se convertirá en una importantísima fuente de empleos. Previamente, el producto habrá tenido que conquistar a los innovadores y a los adoptadores tempranos, una fase en la que existirán ciertas oportunidades de empleo, si bien en mucha menor cantidad. Pero para que todo ello suceda, obviamente, el producto debe salir al mercado. Y todavía no ha salido. Virgin lleva anunciando el inicio de sus vuelos al menos desde la época del Premio Ansari. Desde hace una década y media, Virgin ha anunciado el inminente inicio de sus vuelos, para acto seguido desmentirlo y retrasar la fecha, en una dinámica que Seedhouse ha caracterizado como de “expectativas y sueños rotos”. Dinámica que, todo hay que decirlo, no parece haber desanimado a sus clientes, a quienes ya han reservado plaza para los vuelos suborbitales en el SpaceShip Two.

Los estudios de mercado muestran que, una vez se resuelvan los dos problemas básicos de precio y seguridad, los cuales luchan por resolver hoy todas las empresas del sector, el turismo espacial podrá convertirse en un producto de gran éxito comercial, y por tanto una interesante opción de empleo para los egresados de turismo (y por supuesto de muchas otras carreras). Pero mientras esos problemas no se resuelvan, sólo cabe seguir esperando. Eso sí, sin perder la esperanza de que algún día nuestros empleos puedan estar más allá de la atmósfera de este planeta.

La NASA se abre al uso comercial de la Estación Espacial Internacional

Hasta ahora, los turistas espaciales que, desde Dennis Tito en 2001 hasta Guy Laliberté en 2009, habían permanecido en la Estación Espacial Internacional, lo habían hecho de la mano de Roskosmos, la agencia espacial rusa, que participa en la administración de dicha Estación, con el apoyo de Space Adventures, la primera agencia de viajes espacial del mundo. La NASA, a pesar de que en un informe de 1998 elaborado junto con la STA ya hablaba de que se debía prestar mucha atención a los negocios turísticos en el espacio, siempre pareció oponerse al turismo espacial. De hecho, el vuelo de Tito encontró una fuerte oposición por parte de la NASA y, si llegó a volar, fue porque Roskosmos amenazó con dejar de cooperar en la construcción de la Estación.

Por diversos motivos, las cosas han cambiado en la actualidad, y la NASA acaba de anunciar el pasado 7 de junio que, de existir el mercado suficiente, permitirán anualmente hasta dos misiones privadas cortas, es decir, con una duración máxima de un mes, a la Estación Espacial Internacional. Recordando la historia del turismo orbital, tenemos que las estancias turísticas en dicha Estación nunca sobrepasaron los quince días, de modo que estas misiones apoyadas por la NASA podrían ser mucho más duraderas que todas las llevadas a cabo hasta ahora.

Evidentemente, la apertura de la Estación al sector privado no se limita al turismo. De hecho se habla de numerosos proyectos dedicados a cuestiones como manufactura en microgravedad, investigación de materiales y cosas por el estilo. Sin embargo, quienes conocemos el turismo, no dudamos del poder de esta actividad, que contribuye aproximadamente con el 10% del Producto Interior Bruto mundial, para adquirir un papel preponderante en este movimiento de apertura de la EEI.

Las naves que te llevarían a la EEI como astronauta privado en esta modalidad ya no son las conocidas Soyuz rusas, sino los vehículos desarrollados en el marco del Programa de Tripulación Comercial, diseñados y operados por compañías norteamericanas (en concreto SpaceX y Boeing, las empresas que en 2014 obtuvieron los contratos para el desarrollo de los mismos y que en la actualidad siguen trabajando en ello) y que serán certificados por la NASA una vez cumplan con todas las pruebas de vuelo tripulado. Con respecto a los precios, ya te imaginarás que no son nada baratos: la estancia saldrá más o menos en 35,000 dólares diarios, así que si tienes planeado viajar, es mejor que vayas ahorrando desde hoy mismo…

Este movimiento de apertura debe entenderse en el contexto del objetivo que tiene la NASA de llevar la primera mujer a la Luna en 2024, así como de establecer un ecosistema económico sostenible en la órbita baja terrestre (LEO, por sus siglas en inglés). Ello fortalecerá los vínculos entre las empresas y el Gobierno, permitiéndole también a éste conseguir muchos productos y servicios (entrenamiento de astronautas, pruebas de material, investigación de todo tipo) a un costo mucho más bajo, lo cual ayudará a conseguir más rápidamente el objetivo deseado. En otro lugar, la NASA afirma que comercializar LEO es ni más ni menos “el próximo paso en la exploración y la expansión de la humanidad hacia el sistema solar”.

La comercialización del espacio exterior es un tema que requiere un gran debate, desde múltiples disciplinas, incluyendo la ética. Sin embargo, parece que tal y como están hoy las cosas, tal y como está organizado nuestro mundo, resulta un paso ineludible si queremos proseguir en nuestro camino al espacio. Por ello, este anuncio de la NASA debe tomarse como la gran noticia que es.

José María Filgueiras Nodar

Sobre la quiebra de XCOR Aerospace

El pasado noviembre de 2017, XCOR Aerospace se declaró en quiebra, de acuerdo con el Capítulo 7 de la legislación estadounidense, que obliga a liquidar todos los activos de la compañía para pagar sus deudas. Habría mucho más que decir, desde luego, y tal vez escriba sobre ello más adelante. Pero, de momento, mi reflexión se centrará en ese viejo chiste que dice: “la mejor forma de hacerse millonario con el turismo espacial… es comenzar billonario”.

Junto con Virgin Galactic, XCOR era la empresa que los estudiosos del tema (por ejemplo, Erik Seedhouse en sus libros) consideraban más cerca de lograr su objetivo de enviar turistas humanos al espacio. Desde su fundación en 1999, se había destacado por tener un equipo humano de muy alta calidad, con técnicos de primer nivel, comenzando por su presidente Jeff Greason y su ingeniero jefe Dan De Long. Asimismo, su nave, el Lynx, y el esquema de vuelo que ofrecían a los turistas (volar al espacio en despegue horizontal, al lado de quien fue comandante de la lanzadera espacial, Rick Searfoss), eran opciones terriblemente atractivas. La empresa, además, había realizado miles de disparos de cohetes y acumulado un tiempo muy relevante de uso de sus motores. Por si ello fuera poco, XCOR había conseguido todos estos logros a un costo mínimo, gracias a su capacidad de innovación.

En 2015 salieron de la compañía tres de sus fundadores, para dedicarse a otros proyectos. En 2016, teniendo a John Gibson como gerente general, la empresa comenzó a despedir a su personal. Y en noviembre de 2017 se fue a la quiebra.

Las compañías que ahora quedan “en punta” en la carrera hacia el turismo espacial suborbital serían la sempiterna Virgin Galactic, siempre en las apuestas, desde tiempos del Premio Ansari; y Blue Origin, que en los últimos años ha mostrado sus músculos con mucha intensidad, como ya hemos comentado en este blog. Ambas empresas tienen algo de lo que carecía XCOR: dos multimillonarios al frente, con enormes bolsillos capaces de sostener a la compañía en esta incierta fase de su desarrollo.

No sé lo que sucederá de cara al futuro, sobre el cual existen muchas incógnitas, pero por el momento este hecho parece ser fundamental para la supervivencia de las empresas de turismo espacial.

Una réplica del Lynx, la nave espacial de XCOR (foto de 24oranges.nl, tomada de Wikipedia Commons)