La invasión de Ucrania y el fin de la cooperación espacial

El pasado 30 de marzo regresaron a la Tierra tres tripulantes de la Estación Espacial Internacional (EEI): los cosmonautas rusos Anton Shkaplerov y Piotr Dubrov, junto con el astronauta norteamericano Mark Vande Hei. Los tres regresaron en una nave Soyuz rusa, como las que habitualmente realizan las misiones de transporte a la EEI, pero la invasión de Ucrania y las consiguientes sanciones contra Rusia habían hecho que se pusiera en cuestión esta posibilidad, de modo que existían dudas acerca de si Vande Hei (el astronauta estadounidense que más tiempo ha pasado hasta el momento en el espacio, con un total de 355 días) realmente podría regresar a la Tierra. Un video emitido el 5 de marzo por la agencia estatal de noticias rusa RIA Novosti, el cual daba a entender a sus espectadores que el astronauta quedaría varado en la EEI, avivó en gran medida tales dudas.
Al final, Roscosmos cumplió sus compromisos y Vande Hei regresó a Tierra con el resto de la tripulación. Sin embargo, un par de días más tarde, la agencia espacial rusa declaró que no seguiría colaborando con los demás países involucrados en la EEI: cualquier posible colaboración deberá esperar al final de las sanciones contra Rusia, en especial las relativas a empresas aeroespaciales propiedad de Roscosmos.
A mi juicio, es fácil predecir que el final de las sanciones comenzará a discutirse o plantearse, al menos, después de que termine la invasión, sin que tampoco sea un “después” demasiado obvio, entre otros motivos porque no está claro cómo pueda finalizar dicha invasión y porque las sanciones se pueden prolongar mucho más en el futuro. En todo caso, Roscosmos afirmó que se trata de una decisión que ya ha sido tomada, y que ya se están analizando los plazos para finalizar esa colaboración, los cuales serán propuestos al Gobierno ruso.
De llegar Rusia a abandonar en el corto plazo el proyecto de la EEI, se podría poner en peligro la misma existencia de éste. Por un lado, debido a la dependencia de las naves Soyuz para el transporte de personas y suministros, frente a la cual sólo muy recientemente se ha comenzado a plantear una alternativa a cargo de SpaceX. Pero esta empresa, propiedad del magnate Elon Musk, todavía no posee la capacidad suficiente para cubrir todas las necesidades de transporte y, para colmo, parece estar enfrentando una delicada situación financiera.
Otro punto muy problemático es que son sistemas rusos los que mantienen en órbita a la EEI, de modo que su desconexión podría significar el riesgo de que la estación cayese sin control hacia la superficie. Dmitry Rogozin, el polémico director de Roscosmos, alertó en Twitter sobre este punto, de una manera todo menos moderada: “Si se bloquea la cooperación entre nosotros, ¿quién salvará a la estación espacial de una salida de órbita descontrolada y una caída en Estados Unidos o… en Europa?”. “También existe la posibilidad de que una estructura de 500 toneladas caiga sobre India y China. ¿Quieres amenazarlos con tal posibilidad?”.
Es posible analizar desde múltiples ángulos la situación que he venido describiendo; yo quiero destacar aquí que puede significar el final de un tiempo de colaboración entre Estados Unidos y Rusia, un tiempo del que, tal y como se percibe el panorama, probablemente estemos hablando con nostalgia en un futuro cercano. La construcción y el funcionamiento de la EEI son verdaderos prodigios de la cooperación internacional, pues en este carísimo proyecto, cuyo coste se calcula en unos 160,000 millones de dólares, participaron mano a mano las agencias espaciales de Estados Unidos, Canadá, Japón, la Unión Europea y, por supuesto, Rusia.
Estoy convencido de que muchas personas veíamos, quizá de forma ingenua, el hecho de que los dos principales rivales en la carrera espacial se hubieran convertido en socios como una expresión de que la humanidad ya había avanzado una página más allá de las disputas nacionales, ideológicas, etc., que marcaron con tanta intensidad el salvaje siglo XX. Pero también parece muy claro que la invasión de Ucrania ha cambiado esta situación, probablemente para siempre.
En este sentido, la cooperación entre Rusia y Estados Unidos (en realidad con todos los países occidentales) si es que no desaparece por completo, lo cual no es improbable, va a quedar enormemente deteriorada. La Estación Espacial Internacional es quizá el más notorio, pero hay otros muchos proyectos que tendrán que abandonarse, como el ExoMars, que estaba planeado para el próximo septiembre.
Todo indica que se trata, pues, del fin de la cooperación que se había llevado a cabo en las últimas dos décadas, además del regreso a comportamientos y retórica propios de la Guerra Fría.
Si no nos dejásemos llevar del todo por el pesimismo, podríamos pensar que fue precisamente la rivalidad entre las dos grandes superpotencias el factor más influyente para que los seres humanos desarrollaran la propia tecnología espacial o fueran capaces de llegar a la Luna. La competencia tiene un componente muy positivo y este nuevo contexto podría hacerlo surgir. Del mismo modo, se puede recordar que la invasión de Ucrania ha producido entre los países de la Unión Europea o en el seno de organizaciones como la OTAN, una fulgurante e inédita armonía, de la cual quizá puedan salir cosas buenas para la exploración espacial en el futuro. Al mismo tiempo, Rusia previsiblemente tendrá que acercarse aún más a China, también en el terreno espacial, y de este bloque podrían brotar innovaciones y misiones de gran interés.
Sin duda, es un escenario interesante para reflexionar y observar cómo se va desplegando en los próximos meses y años, pero en este punto quiero decir que, al igual que otras muchas personas interesadas en la exploración del espacio, me siento bastante triste. No creo que estas líneas de argumentación puedan siquiera consolarnos mínimamente en el momento actual. Ahora, más bien, corresponde lamentarse por todo lo que se ha perdido y lo que se va a perder de manera inmediata.
Y conste que sólo estoy hablando de la exploración espacial, un elemento hasta cierto punto marginal dentro de la nueva realidad que se está planteando en la política planetaria. Si le añadimos factores como la crisis económica que golpeará un mundo ya previamente azotado por la pandemia, o los costes humanos, el dolor y la desesperación propios de todo conflicto bélico, creo que corresponde lamentarse aún más. Ojalá me equivoque y las cosas mejoren, pero yo diría que estamos frente a otro gran tache para la humanidad, además de un nuevo tropezón en nuestra marcha hacia el espacio.
José María Filgueiras Nodar
(Este texto fue escrito el 5 de abril de 2022)

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