Forty-niner

Esto no tiene nada que ver con el fútbol americano. Es simplemente que acabo de cumplir 49 otoños. Y no sólo lo digo porque haya nacido al borde del otoño, sino porque primaveras suena bien con cifras como quince o veinte, pero a partir de cierta edad se oye realmente mal. Suena a personas que ni a chavorrucos llegan, más bien gente ruca-ruca pero con ropa juvenil, y no una ropa cualquiera: una ropa ridícula que daría pena a muchos y muchas jóvenes. Suena rancio, viejuno, polvoriento. A momia egipcia bailando reggaetón. A alguien que se fosilizó agarrando una patineta para dizque parecer joven por toda la eternidad. Nadie cumple 49 primaveras.

Dicho esto, parece que lo lógico el día de tu cumpleaños es hablar del paso del tiempo. Tempus fugit… ¡Y a toda velocidad! A mí no me agobia mucho; o sea, me agobia sólo lo justo. Es que no se puede hacer nada, entonces es algo tonto perder la cabeza por ello.

Hace unos días estaba leyendo un libro de Jared Diamond: El mundo hasta ayer. No me gustó tanto como Colapso, ni desde luego como Armas, gérmenes y acero, a mi juicio el mejor de esta trilogía. Pero aun así se trata de una obra muy disfrutable y recomendable, no sólo por la temática (resumiendo mucho: ¿qué podemos aprender los occidentales de los pueblos originarios?) sino porque Diamond mete en el libro una buena dosis de anécdotas y reflexiones personales. Leía este libro y me encontré con las siguientes líneas:

Cuando era adolescente, veía a las personas que estaban a punto de alcanzar la treintena y consideraba que se hallaban en la plenitud de la vida y la sabiduría, a las de más de treinta como gente de mediana edad y a cualquiera que hubiese cumplido ya los 60 como un anciano. Ahora que tengo 75 años, creo que mis 60 y 70 son la cúspide de mi vida, y es posible que la vejez comience hacia los 85 o lo 90 dependiendo de mi estado de salud.

No comparto algunas de las afirmaciones de Diamond: personalmente, nunca he considerado a nadie en la plenitud de la vida, creo que porque nunca me fijé tanto en las demás personas. Cuando era adolescente, en lo único que me fijaba era en las chicas (las cuales, por supuesto, no me hacían ni caso) y bastante menos en los libros (que sí me dieron algunas satisfacciones). Es por eso que casi nunca me fijé en esas cosas que dice Diamond. Las pocas veces que tal vez podía fijarme en alguien próximo a la treintena, el racionalista que sin duda ya vivía en mí no me dejaba considerar a nadie en la plenitud de nada.

Más adelante, es obvio, me di cuenta de que hay épocas mejores que otras, aunque rara vez las entendí como ligadas a la edad. Por ejemplo: una amiga de mi madre decía que la mejor época de su vida fue cuando su marido daba clases en Mazatlán (o Cozumel, no recuerdo). Era feliz porque se pasaba todas las mañanas en la playa ella sola, y podía ver muchas iguanas por las cercanías. Dicho así, no sabemos si era joven, madura, o anciana. Playa, iguanas, felicidad. Sin edad. Hay multitud de ejemplos de esos mejores momentos, pero que en principio se pueden dar en cualquier punto de la vida.

No sé si Diamond se refiere en términos parecidos a la cúspide de la vida, pero en cualquier caso, me quedé con esa última frase. Quiero llegar a los 75, y hacerlo con esa actitud. Y también tener los argumentos para defender esa consideración. Diamond  es uno de los académicos más reconocidos y respetados de su área, ha ganado al premio Pulitzer, y hasta ha sido comparado con Darwin (la mera comparación me parece un elogio más grande que Australia y Groenlandia juntas). Para nada parece alguien que se engañe a sí mismo al decir que los 60 y los 70 han sido los mejores años de su vida, mucho menos que lo diga para quedar bien.

Nada más leí esta frase, me dije: “vaya, esto debes recordarlo para tu cumpleaños”. Puede ayudar si empiezas a agobiarte. Y así fue. No me volví loco, pero en mi caso es prácticamente una tradición pensar cosas feas el día de mi cumple. Y quizá sea peor en los años acabados en 9. No hay que tener un Doctorado en Numerología, creo que la lógica es sencilla: cuando empiezas la década, a los 30, 40 o 50, es el comienzo de algo y por tanto existen ciertas expectativas, aunque sólo sean de ver si es tan malo como piensas. Pero los años acabados en nueve son el final de una década, y te hacen pensar más en la temporalidad, y te llevan a poner la vida en perspectiva, una vez más tempus fugit, memento mori, y de todo ello directo al carpe diem. Entiendo que en estos años más gente se divorcie, cambie de carrera o se vaya a vivir a una isla perdida en mitad del Pacífico. Aún peor cuando el cumpleaños te pilla con el mundo inmerso en una horrible pandemia, y todxs andamos como pollos sin cabeza, con el agravante de que ni siquiera nos movemos del sitio.

Sin duda, la salud, que aparece también en la frase de Diamond, es un factor o quizá EL factor a tener en cuenta. Hay personas de 30 que viven como ancianas, y gente de 70 que lo hace como jóvenes. La salud física y mental es determinante. ¿Y qué sabemos de la salud? Pues, dicho de forma muy sintética, que depende tanto de los genes como del ambiente. Con los genes poco podemos discutir. Y con respecto al ambiente, pues hay que hacer lo que se puede, usando la cabeza, pero sin locuras, sin caer en lo que ahora llaman midorexia (por cierto, alguien debería de avisar a quienes se inventan este tipo de palabras, anorexia, ortorexia, vigorexia… Acabarán generando, no sé, ¿rexofobia?). Supongo que a nadie le gusta envejecer, ni pensar en la muerte, pero en mi caso no es algo que me obsesione. Básicamente, porque no se puede hacer nada, más allá de cuidarnos razonablemente (el ambiente) y confiar en la suerte (los genes y la fortuna en general).

Pero tampoco está mal pensar cosas así el día de tu cumple. Pensar, por poner un único ejemplo, en que ahora tengo la barba llena de canas y recordar entonces mi primera cana. El pelo nunca me preocupó porque estoy pelón desde muy joven: casi no hay lugar para que aparezcan canas. Pero recuerdo mi primer pelo blanco, no estoy seguro de la edad a la que apareció, tal vez a los 30 o así, justo debajo del labio inferior, le llamaba el pelo de la sabiduría. Realmente destacaba. Y estuvo muchos años solo hasta que, de repente, hace dos o tres, se extendió como un incendio que dejó zonas enteras de color ceniza.

La irregularidad puede ser una característica de la edad madura. De joven todo va bien, y de viejo todo va mal, pero por el medio hay edades con espacio para muchísimas mezclas de buen y mal funcionamiento. Ocurre algo parecido a lo que sucede con el coronavirus, que nadie sabe qué va a pasar con él: lo mismo un señor de 87 años con múltiples condiciones previas pasa la enfermedad sin síntomas que el virus se lleva a una campeona de triatlón dos meses antes de alcanzar su mayoría de edad. Así es el virus, y en cierto sentido, así parece ser también la mediana edad. Hay a quien le falla una cosa por mucho tiempo, estando todo lo demás bastante bien, hay quien está muy bien hasta un momento en que empieza a ir todo mal, hay quien anda como esos coches en los que casi todo va mal tomado individualmente pero que en conjunto van tirando más bien que mal (la dirección un poco desviada, el motor de arranque que tarda en hacer su trabajo, el aire acondicionado que no enfría a tope, pero el carro aún te lleva sin demasiados problemas). No sé, hay muchas posibilidades.

Yo no puedo quejarme mucho, de momento me parezco más al señor asintomático de 87 años que decía antes. Todavía no me siento tan jodido. O sea, es seguro que no estoy como a los veinticinco, dudarlo sería una gilipollez. Los músculos ya no son los mismos, las ojeras ya se han convertido en bolsas debajo de los ojos y por si fuera poco, han aparecido en mi cara esas feas “líneas de marioneta”… Pero por lo demás no puedo quejarme. Tal vez ya no pueda aguantar dos o tres días seguidos de borrachera, aunque francamente, no sé para qué diablos querría estar dos o tres días seguidos de borrachera. Lo que me parece mucho más importante es que casi no he perdido energía. Puedo trabajar a pleno rendimiento, y eso es lo que ahora me interesa, y por ello no me quejo. En ese sentido, realmente no siento tanto la edad. Aunque sin duda está ahí, y es natural que las cosas vayan empeorando. Que mis genes y la graceful degradation me protejan todo lo que se pueda…

Hablando de genes, mi abuelo tenía precisamente 49 años cuando yo nací. Eso también me ha hecho pensar muchas cosas. Pero no cosas feas; más bien me sirvió para recordarlo con cariño. Otro día escribo sobre él. De momento, seguiré esperando: ojalá Diamond tenga razón. Aunque estoy seguro de que también tendré que poner mucho de mi parte. Hay mucho que hacer, hay mucho que trabajar.  Y escribir entradas de blog sobre el paso del tiempo, a no ser que seas Petrarca, Manrique o alguien por el estilo, no es trabajar…

José María Filgueiras Nodar

Universidad del Mar (México)

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