Mes: agosto 2020

Disciplina espacial

Dejaré para otro momento el comentario sobre las últimas hazañas de SpaceX, porque ya se ha hablado mucho sobre ello. En su lugar, quiero hacer un comentario acorde con estos tiempos del COVID.

La pandemia es un desastre, se mire como se mire. Todo lo escasamente bueno que se pueda decir de la misma no compensa ni una millonésima parte del desastre que es, comenzando, como es lógico, por las enormes cifras de muertos y afectados. Un desastre. Pero tampoco se trata de que nos enfoquemos únicamente en esto. Hay que buscar el lado bueno”, para no desesperarnos.

Así, el otro día, entre otros muchos pensamientos ociosos, me pregunté si la pandemia puede considerarse un buen momento para comprobar que somos capaces de mantener el nivel de disciplina y autocontrol necesario, por ejemplo, a la hora de llevar a cabo un viaje espacial (pensando más bien en esos viajes de ciencia ficción a otros planetas). La pandemia representa un reto sobradamente difícil y exigente, de modo que la pregunta, salvando las múltiples diferencias, tiene cierto sentido. Mucho más en una tarde de confinamiento.

Lo primero que debo decir es que he seguido todas las recomendaciones de la OMS y demás organizaciones serias. Cuando había lagunas o contradicciones, usé principios precautorios, siempre en la dirección de una mayor seguridad. Además, cumplí a rajatabla todos los protocolos que me he impuesto, basados en dichas recomendaciones. Esto vale para todo: limpieza de zapatos, sanitización de suelos, lavado de ropa, estornudos de etiqueta, uso de cubrebocas y pantalla, etc., etc. Todo lo que quieras.

Sin embargo, he tenido un par de fallos leves, muy al inicio de este quilombo. Cosas como tocarme la cara después de haber tocado algún objeto ubicado en un lugar público… Y tuve un fallo grave. Tonto y grave.

Estaba haciendo deporte, corriendo dentro de la casa. Mi esposa salió a comprar y una hoja de papel se escapó de la casa, llevada por la corriente. Me lancé a por la hoja sin pensar, la pisé y en ese momento la puerta se cerró estrepitosamente detrás de mí. Fue todo muy rápido: si fuese un portero de fútbol me habría pasado de reflejos. Y ahí estaba, sin llaves, sin celular, sin alcohol, sin mascarilla. Por suerte, estaba vestido.

Después, un vecino me prestó su celular para llamar al cerrajero, a quien tuve que esperar unos quince minutos en el vestíbulo del edificio. Se trata de situaciones que, en otras circunstancias, habrían sido perfectamente normales, pero que en estos días de pandemia se leen de otra manera. Así, una potencial fuente de contagio, sin cubrebocas, me prestó un objeto tal vez tapizado de virus, objeto que sin duda acerqué demasiado a mi boca y mis ojos para hablar, sin mascarilla, ni pantalla, ni gafas, ni nada, ni siquiera alcohol para desinfectarme las manos. Luego bajé al vestíbulo, pasé prácticamente pegado a dos personas sin protección en un estrechamiento del pasillo, y estuve un cuarto de hora al lado de otras cuatro personas sin protección alguna, que estuvieron además hablando en voz muy alta, riéndose y en ocasiones carraspeando o tosiendo.

En esos momentos, me costaba creer que no me fuera a contagiar. Luego pensé “estadísticamente”, recordé las cifras de contagios en mi localidad y se me pasó un poco el yuyu. Pero estuve muy atento los catorce días que siguieron a este fallo, comportándome como si me hubiera contagiado, es decir, con medidas de seguridad bastante más fuertes que las normales. Desde luego, un error de esta magnitud me habría costado la vida en el espacio. Afortunadamente, en la pandemia pasó sin problemas..

Pero la lección está clara: son malos momentos para casi todo, pero buenos para seguir ejercitando la disciplina. No es que ésta sea El Valor Supremo, o algo por el estilo, pero a veces es bueno entrenarla, como si fuera un músculo. Y el COVID nos da una buena oportunidad para ello.

José María Filgueiras Nodar

Universidad del Mar