Las noches y los miedos

Es común escuchar a mucha gente decir que la noche le da miedo, que las escenas de terror le parecen más terroríficas cuando se ambientan en escenarios nocturnos, que la ausencia de luz es amenazante y otras cosas por el estilo. Supongo que habrá buenas razones evolutivas para que una especie diurna como la humana tema a la noche.

No es mi caso. De un modo parecido a como perros y gatos se han adaptado a nuestros ritmos humanos y han adquirido hábitos diurnos, muchos de nosotros nos hemos vuelto con auténtica pasión hacia la sacra, indecible, misteriosa Noche. Actualmente, y por motivos laborales, hago una vida de gallina, levantándome y acostándome muy temprano. Tan absorto estoy en esa dinámica que apenas me da tiempo a recordar otros tiempos en los cuales mi vida, en especial las partes más interesantes de la misma, se desenvolvía en horarios totalmente vampíricos… Después de un suspiro melancólico, citaré de nuevo a Novalis cuando se pregunta: ¿Tiene que volver siempre la mañana?

Además, la mía es una mañana ocupada en un trabajo “de nueve a cinco” (concretamente de ocho a una y de cuatro a siete), justo las condiciones temporales que aborrecía en mis épocas más nocturnas y que confiaba nunca tener que sufrir. Pero no es el motivo de este escrito ni elevar mis propios Himnos a la noche ni mucho menos hablar de la nostalgia que me produce pensar en aquellos tiempos pasados, pasados de noche en noche. Tampoco tratar el tema de la frustración laboral.

El motivo es exponer, o exponerme a mí mismo, lo que en este contexto puede considerarse equivalente, dos consideraciones, una que confirma la regla presuntamente general  (aunque en mi caso sea la excepción) y otra que se le opone (en mi caso, sirve de confirmación para una regla general diferente). La primera es que sí hay algo que me da más miedo cuando sucede de noche: los sismos.

Llevo mucho tiempo viviendo en la costa de Oaxaca, una de las zonas más sísmicas de México, por lo cual he tenido la oportunidad de sentir un montón de temblores. No expondré la lista completa, baste con decir que estuve presente en todos o casi todos los que se han producido desde 2007. Hice un breve paréntesis durante mi período sabático, pero justo al regresar, ni siquiera llevaba una semana en Huatulco, mi balance fue compensado con algo realmente salvaje, un Godzilla de magnitud 8.2, originado bajo el Golfo de Tehuantepec el día 7 de septiembre de 2017. Poco tiempo (y muchas réplicas) después, llegó el temblor de Axochiapan, que volvió a ubicar el 19 de septiembre como fecha nefasta en la historia geológica del país. Y no ha parado de temblar desde entonces.

De toda esa lista, los más molestos, los peores, han sido los que me han despertado por la noche. Esos me caen particularmente mal. Y ello se debe, creo, a que me asustan más, aunque ahora, escribiendo esto, ya no sé si sea porque es de noche o simplemente porque me despiertan de forma brusca. Dado que ningún sismo me despertó echando una siesta o algo por el estilo, no podré resolver esa duda hasta que tal cosa suceda.

El segundo punto es la excepción a la regla de que la noche nos da miedo, o en mi caso la confirmación de que la noche y las cosas que suceden en ella tienden a gustarme más que el día. Tengo un miedo a volar tremendamente feo, un pánico atroz. Sin embargo, volar de noche me asusta un poco menos. Es muy poco, realmente infinitesimal: quien me viese reconocería al momento que estoy aterrorizado. De hecho, lo estoy. Supongo que ni siquiera las personas que me conocen bien podrían notar nada diferente. Pero yo si lo noté. Jamás he volado en paz, ni mucho menos, pero recuerdo algún vuelo nocturno en el cual fui capaz de respirar un poco.

Sé que este tipo de reflexiones resultan extremadamente ociosas; en circunstancias normales nunca llegarían a expresarse por escrito. Pero creo que resultan justificadas en la situación actual, cuando en plena cuarentena (llevamos más de tres meses en confinamiento, en realidad vamos camino de la centena) el 23 de junio se produce un sismo de magnitud 7.5 con epicentro a unos pocos kilómetros de aquí, para desatar momentáneamente el caos.

Lo único bueno desde la perspectiva de este texto es que tembló a las diez y media de la mañana…

José María Filgueiras Nodar

Universidad del Mar (México)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s