Los grandes ganadores

Sin duda, los grandes ganadores de esta pandemia han sido los animales no humanos. En primer lugar, los salvajes, a quienes nada paradójicamente los ahogos de la humanidad han dado un respiro por unos días. Quién no recuerda las imágenes de los delfines nadando libremente por los canales de Venecia, los osos de paseo por Monterrey, o los jabalíes recorriendo el centro de otras muchas ciudades europeas. Esos animales ganaron sin duda un merecido recreo. Además, los efectos beneficiosos (para ellos) de las cuarentenas comenzaron a verse en un momento muy temprano de la pandemia. Es  sorprendente también lo poco que tardó la naturaleza en volver a ocupar posiciones en los espacios expropiados por los humanos. Apenas unos días sin salir de casa y ya estamos por la mitad de Soy leyenda.

Los animales salvajes fueron unos ganadores indudables con la pandemia. Pero también algunos domésticos, en concreto los que englobamos bajo la categoría de mascotas, genéricamente los perros y específicamente uno de ellos, que vive conmigo. De él quiero hablar en este texto.

Julio es un poodle blanco, lo conocí en 2013, recién rescatado de alguna basura que lo maltrataba y lo había dejado vagar con su patita rota por las barrancas de Cuernavaca. Tiene ese aire melancólico, esa mirada entre tierna y sabia que caracteriza a todos los poodles. Y por supuesto, es un tragón, capaz de comerse hasta las piedras.

Un día normal, su jornada inicia a las cinco o cinco y media de la mañana, cuando me despierto y le doy la comida, que es lo primero que hago al levantarme. Después, vamos a pasear veinte minutos o media hora. Luego, hago deporte, preparo el desayuno y me lo trago; Julio está todo el momento a mi lado, mirándome y, cómo no, pidiendo comida. Mi esposa se levanta bastante más tarde de que yo me haya ido al trabajo, se arregla y se va a trabajar a eso de las once. Desde esa hora hasta que regresamos a casa, en teoría a las ocho y media, pero normalmente más tarde, y lo vuelvo a llevar de paseo otra media hora, Julio se queda solo en casa.

Es muy difícil decir qué pasa por su cerebro; en este sentido recuerdo a un investigador que se preguntaba si los animales no humanos podrían pasar el test de Turing. En este artículo usaré un lenguaje bastante antropomórfico, que puede verse y seguro se verá como una proyección. Cuando salgo de casa, no sé si sea la palabra correcta, pero se me queda mirando con una cara muy típica que yo identifico como de tristeza. En ocasiones llora o gime. Y, al regresar, muestra lo que parecen ser signos de alegría. Por ello supongo que a Julio le gusta estar acompañado, lo cual es bastante coherente con su carácter de ser social, y también con el hecho de que los fines de semana, cuando pasa más tiempo con nosotros, aparenta estar mucho más tranquilo y relajado.

Apuesto a que duerme como lirón (o como perro) gran parte del tiempo que está solo en casa. Pero también a que otras partes de su día las pasa jugando. Viví con otros perros, incluso con otros poodles de color blanco, y creo que a ninguno de ellos le gustaban tanto los juguetes como a Julio. Al decir juguetes, hablo de pelotas de trapo, filetes de plástico, y cosas por el estilo. Básicamente, tiene dos estilos de juego: uno de ellos es morder y morder algo hasta destruirlo, con una constancia que raya en la obsesión. Lo hace con algunos juguetes, y también con huesos: en una ocasión, le compré un hueso que según la veterinaria podría durarle dos o tres días a un perro grande, ella me dijo a un pastor alemán. Para que se entretuviese y al mismo tiempo limpiara sus dientes. Pues bien, Julio se lo comió prácticamente todo en una noche, lo cual provocó que estuviera varios días mal de la panza. Con los juguetes es incluso peor, lo he visto reducirlos en cuestión de horas a microplásticos de esos que puede transportar el viento.

(Debo decir también, aunque no venga a cuento, que no destruye todos los juguetes. A algunos los cuida tanto que da ternura verlo. Una vez alguien le regaló un delfín de plástico, de esos que hacen ruido cuando se aprietan. Lo adoraba tanto que se quedaba dormido abrazado a su delfín. Yo pienso que puede ser porque nunca tuvo nada, me inquieta esa idea. Este párrafo debería ir en una nota al pie. Ni modo.)

El otro estilo de juego es el clásico de atrapar objetos. Le tiro una pelota, una rama, algo, y corre en su busca. Cuando la agarra, no suele traerla para que la vuelva a lanzar, sino que se la queda un rato. A veces se la quito con un leve forcejeo. Cuando no lo hago, se pone a mordisquearla y, al cabo de un minuto o dos, viene donde yo estoy para que se la lance de nuevo. Este juego le gusta mucho más, de hecho lo vuelve bastante loco: salta, ladra y su cola gira tanto que parece la hélice de un helicóptero. Pero necesita un compañero para este estilo de juego, y lo usual es que juguemos así los fines de semana.

Ahora, a causa de la cuarentena, podemos jugar cuando nos da la gana, porque me paso todo el día en casa. El único momento en que salgo es, precisamente, para nuestro paseo. Cuando hago deporte, Julio me acompaña o se queda mirando desde alguna alfombra. Cuando estoy en la computadora, se tira a mis pies.  Y cuando me tumbo a leer en la cama, Julio se acurruca a mi lado. Ya no se entretiene solo, destruyendo objetos: ahora, cuando tiene ganas de jugar, me lo comunica.

La cuarentena está siendo para Julio como un larguísimo fin de semana, en el cual nos la pasamos juntos casi todo el tiempo y jugamos todo lo que nos apetece. Se le ve súper relajado, se le ve feliz. Por cosas así, pienso, en realidad quiero pensar, que él ha sido uno de los grandes ganadores de esta pandemia.

José María Filgueiras Nodar

Universidad del Mar (México)

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