Abuelxs de humo

Cuando comencé a escribir este texto, llevaba días triste y muy preocupado por la situación en Italia y especialmente en España, donde viven mi hermano y mis padres, los dos con perfil de alto riesgo, por edad y condiciones médicas previas. Para colmo, por culpa de otro problema de salud, mi madre tuvo que permanecer varios días en el hospital durante la crisis del COVID-19. Estuve muerto de miedo todo el tiempo que pasó allí, y bastante después, a pesar de que Galicia, nuestra región, ha sido uno de los sitios menos golpeados de todo el país. Lo que mi madre me contaba acerca de la tensión que se vivía en el hospital tampoco servía para tranquilizarme. Ni mucho menos las videollamadas.

Entre las noticias de aquellos días, dos cosas me pusieron especialmente triste: la primera fue ver el Palacio de Hielo de Madrid convertido en morgue improvisada. No llegué a ver fotos, pero la mera idea me entristeció. Recordé mis aventuras en otras pistas de patinaje sobre hielo, especialmente en la Ciudad de México, el ambiente de esos lugares, donde la gente suele estar alegre, algunas personas a toda velocidad por el centro, otros como yo, tratando de mantener el equilibrio por los laterales y platicando con los amigos. Ahora, todo el mundo debería circular prestando atención a no tropezar con un ataúd, o con una pila de ataúdes. Fue una fea imagen que, como digo, me puso triste.

La segunda, que me puso incluso peor, es la idea de que la gente muere sola, aislada de sus seres queridos, sin poder decir ni un adiós, y además está siendo incinerada tan pronto como fallece. Supongo que esto tiene que ver con un montón de razones higiénicas y con perfecto sentido, en el contexto de una pandemia. Esa soledad absoluta en los momentos finales a la que se ven obligadas las personas enfermas, y esa velocidad para deshacerse de los cuerpos, se deben, entonces, a un más que justificado miedo al contagio.

Pero a mí me recordó algo que contaban los prisioneros de los campos de concentración nazis: los carceleros se acercaban a ellos entre carcajadas, señalando la saltas chimeneas, diciéndoles que al día siguiente ellos serían aquel humo, aquel humo oscuro que se mezclaba con el cielo de color plomo. Es terriblemente cruel, una barbaridad más de los nazis, un motivo más para temer su regreso, lleguen de un polo o de otro, lo cual por cierto parece que ya es más bien cuestión de tiempo.

Desde el inicio, pensé en titular a este artículo “Abuelos de humo”, porque es la generación que más rápido se está convirtiendo en ceniza. Abuelos o gente en edad de serlo. Gente que se convierte en humo sin que nadie pueda hacer nada para evitarlo. Y se trata de una generación impresionante. Nacida en los años 30 y 40, los más duros del siglo para España. Muchos de ellos pasaron hambre en la infancia, carecieron de estudios, su vida fue un puro trabajar de sol a sol. Y ese trabajo fue capaz de dar a quienes veníamos después comida abundante, estudios y la movilidad para que seamos capaces de pillar un virus en cualquier sitio del mundo y llevarlo de regreso a casa, para infectarles.

Además (“de pilón”, como decimos en México) ésa fue la generación que llevó a cabo la transición a la democracia, que con todo lo que podría discutirse, y sin duda debe hacerse, es un proceso que ha sido considerado ejemplar y no sin razón. A esa generación le correspondió apencar con los trabajos de parto de la democracia, con todos los dolores y la angustia que ello implica. Sin duda también han vivido sus alegrías y sus triunfos, espero que se hayan acordado en esos últimos momentos, que siempre aterran. Espero que, al menos en su imaginación, hayan sido capaces de recibir un mensaje de agradecimiento por parte de muchos de mi edad, y más jóvenes. Por parte de quienes, en el fondo, les hemos fallado, los hemos dejado morir, hemos dejado que ese virus sin piedad (evidentemente sin piedad: es un virus) se los llevase en un ahogo.

Es feo, horrible. En aquellos días en que empecé a escribir, casi todo era así. Lo peor es que ya ha pasado bastante tiempo y esa fealdad ha cedido muy poco. España vive una situación en la cual doscientos muertos diarios sería una gran noticia…

Al menos, ya han cerrado la morgue del Palacio de Hielo.

José María Filgueiras

Universidad del Mar

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